• Diario Digital | Sábado, 23 de Junio de 2018
  • Actualizado 17:53

Los sacrificados

Recién se celebran 26 años de los acuerdos de paz entre la insurrección armada y el gobierno.

Para llegar a esos acuerdos muchas vidas fueron entregadas en aras de un ideal: un país más democrático y justo. Es decir mayor participación de los beligerantes en el acceso al poder y mejores condiciones de vida para la inmensa mayoría de marginados y desposeídos.

Fuera de ese acuerdo quedo el tema económico y las aspiraciones de muchos otros sectores; gremios y ciudadanos, especialmente de la clase media que no vieron reflejado en los acuerdos una alternativa de solución a sus aspiraciones.

Los que se fueron a la guerra en su mayor parte campesinos, obreros y estudiantes o intelectuales, sufrieron los embates del conflicto: angustia, persecución y muerte. Cientos de jóvenes que dejaron sus sueños académicos en los montes y en los refugios clandestinos urbanos o en las brigadas y cuarteles del gobierno. Nacionales y extranjeros. Familias divididas y destrozadas por la confrontación interna, por lucha de las ideas que los separaban. Los sueños y las aspiraciones se convirtieron en piedra de tropiezo para el entendimiento y de la discusión se pasó a la agresión.

El trabajo de la insurgencia como del gobierno fue ir convirtiendo al adversario en un malvado, magnificando los errores del sistema y prometiendo un paraíso. Ambos bandos fomentaron la crueldad y la mentira, tan intensa e internamente en el subconsciente de las masas que todavía persiste el odio irracional manifiesto claramente en las redes sociales y en la opinión de una gran mayoría de la población, que aunque no vivieron el conflicto, heredaron el odio y el rencor hacia el que piensa o actúa diferente a su modelo.

La realidad poco ha cambiado, cientos de hombres, mujeres y niños que regaron con su sangre y su espíritu los montes y las calles de la ciudad, han de ver con asombro el colmo de la desfachatez con el que se les olvida, los otros todavía viven pagando su culpa en las calles, solicitando ayuda económica y prestaciones sociales para sobrellevar la carga de la vida que les quedo.

El grupo de la élite goza ahora de las mieles que da el poder, compartiéndolo con sus antiguos adversarios y para la mayoría de los salvadoreños la cosa sigue igual o peor. La salida ya no es lucha armada para conseguir un sueño, ahora es escapar a otras latitudes para salvar la vida y construir los sueños. Ahora el enemigo ya no está bien definido, el guerrillero o el soldado. Ahora puede ser un niño de 11 años que llega a pedirte comida o que camina a la par tuya, o un desconocido que te aborda en cualquier momento de tu actividad diaria. Ahora ya no estas protegido en ningún lugar y tu enemigo no tiene rostro, puede ser cualquiera que sin ningún argumento te receta 10 balazos o cuchilladas y sigue caminado como si nada.

Esa es ahora nuestra realidad. Los inadaptados viven ahora de la extorsión y la muerte. No de la esperanza de un futuro mejor.

A 26 años que finalizo el conflicto armado quiero elevar una plegaria por todos aquellos que ofrendaron su vida por un mejor país, cada uno desde su trinchera y desde su propia concepción, porque cada uno creía que hacía lo mejor. Un tributo para aquellos miles de campesinos y obreros que fueron obligados a combatir de un lado o del otro, sin saber que iban a derramar la sangre para perpetuar el poder de uno y facilitar el gozo del poder de otros.

Descansen en paz .