• Diario Digital | Lunes, 05 de Diciembre de 2016
  • Actualizado 10:38

El hombre superior y librepensador no se enamora

El hombre superior y librepensador no se enamora

La oscuridad de la estupidez humana cubre la faz de la tierra. En medio de la peste,  un hombre incrustado entre la gente común vive hundido con pocas posibilidades de superar la pereza crítica sobre valores doble moralistas. Está postrado por el aburrimiento virtual y los planteamientos de seguidores de convicciones morales y políticas del pasado, reproducidas por intelectuales que parafrasean ideales trilladas adornados con hermosas palabras falsas.

Ese hombre libertario  inmerso en una moral religiosa fanática, no espiritual del libre albedrío, vive atrapado entre fatuas tradiciones y creencias que no permite a cierto sector de la humanidad avanzar sobre la percepción de “lo bueno”, un simple concepto creado para impedir a la civilización evolucionar a una esfera más crítica de su misma humanización.

Siempre los individuos atrevidos, visionarios y destructores del orden serán apartados de las sociedades blandas e hipócritas. Estos difundirán el caos y la destrucción sobre lo vulgar y común vendido como dogmas de “ser bueno”. La mediocridad posee sus ventajas y es la indiferencia crítica hacia los problemas existenciales junto a una falsa definición del bien. Si este bien fuera la premisa en las sociedades actuales, no existieran reacciones sociales de extrema violencia e indiferencia total hacia las hambrunas e injusticas sociales. 

La mediocridad va de la mano de esa gran meta: “ser algo”, a la diferencia de “ser alguien”. El hombre librepensador no buscará ser algo como virtud errada para ser aceptado. El “ser algo” refleja seres humanos desesperados por tener posesión de la materia física. No importa cuanta basura sea, se debe poseer por razones vitales del éxito sobre el fracaso. La mayor ley es no compartir, pues al hacerlo no se es bueno. Se alimentarán las ansias de que otros posean lo mismo y eso los asemeja a este “humano algo”. Esta percepción se come los ideales espirituales puros. Las aves de rapiña insertadas en las mentes moldeadas de las masas llevan a una suciedad civil sin alma. 

El “hombre algo” no reflexiona simplemente  actúa como un títere estimulado por mensajes con eslóganes falsos y apelando a su imbecilidad más primaria del poseer.  Deposita  todo su amor y si es posible tener algún tipo de fantasía casi sexual cuando se pasa al nivel del consumismo- fetichismo.

El “hombre alguien” marchará por el camino contrario. No permite moldearse por manos sucias e impuras. Posee una fuerza vital sobre sus mismos dogmas que conforman su estructura analítica. Conoce sus debilidades y despeja su psiquis en la mayor posibilidad de emociones débiles como el amor-sexo o el amor-producto, lo sustituye por un amor-racional y no permite ser presa de un objeto sobre su vida misma. El hombre superior no se enamora, pues sabe que no se debe controlar nada. Es feliz y contemplativo en su soledad y evita acercarse a una bola de pendejos. Selecciona a sus amistades y no pierde el tiempo con personas básicas que circulan por nuestras sociedades en un gran porcentaje. 

Vomita valores utópicos como la belleza, el bien y lo verdadero. Conceptualizaciones formadas por sociedades nacidas de estructuras parásitas o mal copiadas de reinos imaginarios de la perfección injusta y terriblemente feliz en medio del dolor humano. Este nuevo hombre toma las utopías de un comunismo totalitario y un capitalismo caníbal y las aparte de sus acciones, pues sabe que la historia ha mostrado su fracaso total y repetitivo. Ve hacia el horizonte en busca de crear  sociedades más humanas y solidarias fuera de las ideologías. 

Este hombre no le temerá a las nubes oscuras. Las espera y soporta su choque con la boca abierta, gritando mil maldiciones para expulsar ángeles y demonios, los cuales le sesgan su visión de él mismo y su derecho a equivocarse o estar en lo correcto sin ser prejuiciado por grupo de “intelectuales” abortados  de un sistema casi muerto y corrupto.  Él mismo se cuestiona y reflexiona desde su interior complejo. 

Los individuos deben luchar siempre para no terminar siendo parte de los despojos humanos que hablan sin pensar. Intentarlo llevará a un desierto y marginación y el pánico  podrá ser presa de ellos; pero, al final de la vida, el eterno privilegio de convivir consigo mismo, con su propia identidad y razonamiento, no tiene costo ni se compra en un almacén de baratijas. Es aquí que ese nuevo hombre hermoso, perfecto y librepensador  puede verse al espejo y pensar que al menos fue libre entre los que siguen los dictámenes absurdos de una sociedad muerta y falsa.