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Portada - EL MILAGRO DEL CHICHONTEPEC

Santa Claus sí existe y nació en San Vicente

Santa Claus se afeita la barba cada 26 de diciembre y cuelga el traje que lo caracteriza para convertirse en José Napoleón Monterrosa. Esta es la historia detrás del hombre con barba blanca.

Santa Claus sí existe y nació en San Vicente

Cuando se enteró de lo que había sucedido, el cuerpo se le aflojó y se sujetó de los brazos de un hombre que estaba a su lado para no caer de golpe. El desconocido lo agarró fuerte y le ayudó a trasladarse hacia una de las salas de espera del aeropuerto La Aurora donde había mucha confusión. El vuelo 901, de Aviateca, se había estrellado a las 8:14 de la noche anterior contra el volcán Chichontepec en San Vicente, El Salvador, matando a toda la tripulación: 65 personas de diez nacionalidades distintas habían muerto trágicamente.

Era el 9 de agosto de 1995. José Napoleón Monterrosa, se había visto ese día con su viejo amigo Geovani Reynoso en el hotel Radisson de Guatemala y, después de unos tragos, y ante las insistencias de su anfitrión, decidió quedarse un rato más, y luego otro rato, hasta que se hizo tarde, lo que obligó a perder el vuelo que lo llevaría a la capital salvadoreña donde realizaba algunos trabajos como especialista en sicología productiva.

Al llegar corriendo temprano al día siguiente al aeropuerto, notó confusión en los pasillos. Aún no se enteraba de lo ocurrido, y en los noticieros todavía se daban datos preliminares del accidente aéreo. Una adolescente a su lado corrió a abrazar a una señora y llorando le dijo ¡Gracias a Dios, abuela, que está bien! ¡Creímos que iba en el vuelo de Aviateca! Y nieta y abuela lloraron juntas. Monterrosa preguntó qué era todo aquél alboroto y fue cuando alguien le dijo que el vuelo 901 se había estrellado contra el volcán de San Vicente y no había dejado sobrevivientes. Monterrosa sintió que se desplomaba y fue cuando alguien lo socorrió. Él tenía un asiento reservado a la orilla de una de las ventanillas.

Las primeras navidades

José Napoleón nació en el hospital Santa Gertrudis de la ciudad de San Vicente en 1953. Nació, como se dice, “bajo buena estrella”, pues su familia no pasaba penurias. Al contrario, los Monterrosa y Miranda poseían extensos terrenos, lujosos inmuebles y una considerable fortuna que les permitía vivir bien. Los Monterrosa, de origen piamontés, de Italia, ya llevaban más de 150 años en “la ciudad de Austria y Lorenzana”, como se le llama aún en los libros de historia a la ciudad de San Vicente.

Su infancia transcurrió en el piadoso barrio El Pilar, precisamente en una gran mansión frente a la parroquia del mismo nombre. Ahí vivió sus primeras navidades que entonces no eran tan americanizadas como las de ahora. Las navidades eran, recuerda, una fiesta religiosa donde se veneraba al Niño Dios -que regalaba juguetes a los niños que se habían portado bien durante todo el año-. En las salas de las casas se ponía un arbolito natural donde se colgaban las tarjetas con buenos mensajes, que se empezaban a recibir semanas antes por el correo tradicional, y se colocaba un “Nacimiento” con las figuras de la Sagrada Familia y figurillas de los Tres Reyes Magos.

No existía Santa Claus, o al menos no era tan popular. Lo era más la Siguanaba que junto a la monja y el cura formaban parte de los personajes que adornaban los nacimientos.

Monterrosa cree que siempre se portó bien porque nunca dejó de tener regalos. Él sabía que el Niño Dios le daba dinero a su mamá para que le comprara juguetes en una tienda llamada “La Campana”, frente al monumento al Divino Salvador del Mundo, en la capital. Eran juguetes de lujo, que venían de Europa. Entre estos recuerda a un pavo mecánico que movía las alas y hacía sonidos de ave. Pero el pequeño no podía jugar a su antojo. Después de abrir los regalos tenía que dárselos a su abuela para que los guardara bajo llave en un pesado mueble de madera, y cada vez que quería jugar, tenía que pedir permiso para que se los prestaran. Los juguetes luego volvían a quedar bajo llave.

“El estreno” era confeccionado por su madre y normalmente eran pantaloncillos cortos con camisas tipo marinero. A la navidad le ponían encanto el estreno, los juguetes, el arbolito, el Nacimiento, la Misa del Gallo, la cena y los abrazos.

Una enfermedad en la piel lo transforma en Santa Claus

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*Monterrosa forma la palabra "love" con sus manos, en lenguaje de señas para sordos

Siendo adolescente, Monterrosa es enviado a estudiar la High School a la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, con los curas salesianos. Después continuó estudios en la universidad de la misma ciudad donde cursó un doctorado en sicología que lo llevó por la docencia, luego trabajó con importantes compañías privadas, e incluso fue vocero del distrito por diez años.

Constantemente viajaba hacia El Salvador donde atendía algunos negocios familiares y daba asesorías a empresas, pero un día se jubiló y decidió residir de nuevo en El Salvador, su país de origen e ingresó al Club Rotario, para prestar servicios a la comunidad, sobre todo a las familias que más lo necesitan.

Hace 7 años, en 2009, le surgió una alergia en la piel y el doctor le prohibió que se afeitara la barba. Luego de diez días se vio al espejo y descubrió que su barba era blanca, similar a la de Santa Claus, el personaje de la navidad. Por si fuera poco, había subido unas libras y sus mejías estaban rosadas como efecto de las cremas que se aplicaba. Ya era Santa.

Aquél año, sus amigos rotarios le propusieron se disfrazara de Santa para ir a repartir juguetes a algunas comunidades, y lo hizo gustoso. Para él fue una experiencia inolvidable porque tuvo la oportunidad de llevar alegría a niños que en su mirada reflejaban ondas tristezas.

Y ya no se detuvo. Siguió siendo Santa desde entonces, y con ese personaje ha viajado por Centroamérica, Estados Unidos y Japón. Ha sido Santa en tres idiomas: español, inglés y lenguaje de señas, que ha tenido que aprender para llevar alegría a niños sordos.

“Cuando los niños me ven en el súper creen que soy Santa Claus”

Papá Noel (o San Nicolás) ha vivido dentro de Monterrosa en los últimos años y ha interactuado con más de 25,000 niños de todas las condiciones, pobres, ricos, discapacitados, abusados sexualmente, inmigrantes, indígenas, enfermos de cáncer, y de todo tipo de niños.

Lo que empezó como un juego de amigos llegó a ser también un trabajo. Grandes corporaciones transnacionales lo han contratado para que haga el papel. El dinero que le pagan lo mete a una cuenta especial en el banco, que luego le sirve para ir a título personal o con el Club Rotario, a diversas comunidades o sitios para repartir juguetes, cantar, reventar piñatas y recibir las cartas de niños que le piden sus deseos.

Monterrosa disfruta haciendo el personaje del que le cuesta despojarse aún cuando no viste el traje especial. “Cuando los niños me ven en el súper haciendo las compras, creen que soy Santa Claus”. “Me ha pasado de todo”, dice riendo.

Pero también ha habido momentos incómodos como cuando “lo putearon” vestido de Santa hace 3 años. Había ido a recibir a salvadoreños que venían deportados de México y en el grupo venía un grupo grande de niños. Llegó riendo, a recibirlos de buen humor, y no tomó en cuenta que aquél grupo venía derrotado, los padres de los niños habían perdido el dinero, habían estado perdidos en el desierto, habían sufrido cárcel y habían sido humillados. Uno de los jóvenes del grupo le dijo: ¿Usted es gringo? “Sí”, respondió él. ¿Qué putas hace aquí? Debería regresarse, le conminó. “Aprendí la lección y ahora trato de responder a los ánimos de las personas con las que voy a estar”, comenta.

Cada 26 de diciembre Monterrosa vuelve a ser quien es. Se afeita la barba y recupera su rostro, además cuelga el traje rojo y guarda las grandes bolsas de juguetes. Luego espera once meses para que la barba vuelva a crecer y ser una vez más Santa Claus.

Santa Claus es de San Vicente, del barrio El Pilar, un día, por cuestiones del destino pudo haber muerto en el volcán de Chichontepec, pero una estrella lo impidió y le permitió hacer miles de milagros a miles de niños que sueñan con un regalo bajo la almohada cada 25 de diciembre.

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