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La historia de un periodista

Ricardo Eduardo Fuentes | Escritor. Profesor en ciencias de la escritura moderna. Servidor público.

El Salvador Times | 21 de febrero de 2017

Hubo una vez, hace no tanto tiempo, un joven periodista con corazón de oro y alas de águila. Un hidalgo héroe que luchó contra la injusticia y nunca tembló a los maléficos poderes oscuros de los distintos gobiernos de la época; eran (y son todavía) amargos tiempos de represión. Sus enérgicas palabras agitaban el corazón del pueblo ávido de justicia y dignidad. Perder el trabajo o incluso la vida ¡No es nada! Los ideales y las luchas populares se mantendrían en su boca sin mutación, resistiendo los embates de los perversos. Nunca le tembló la garganta para denunciar la corrupción y las malas movidas de los políticos de antaño. Los llamados reyes chiquitos que con su centro como látigo se libraron de la cárcel por sus crímenes, vendieron los recursos del Estado como propios, echaron al lomo del descalzo un saco de piedras llamado dólar y más; en fin le dieron cascajo al sufrido pueblo.

El pueblo amó tanto al periodista que sin pensarlo mucho lo ungió como nuevo «Rey de la Comarca». Le dio dones preciosos, gran poder y muchas riquezas. El gente humilde lo levantó del polvo, lo puso con los grandes de la tierra, con los hombres de renombre. Fue homenajeado como pocos y el día de su victoria histórica hubo clamor público, gran alegría. Las esperanzas del pueblo renacieron como el brote del olivo tierno que asoma la cosecha.

Pero como era de esperar, el cuento de hadas no duró para siempre. Tanto tarda el agua de ANDA en llegar a San José Villanueva y tan rápido se va. Lamentablemente un terrible día, un día oscuro el rey sufrió de una enfermedad triste que desconsoló al pueblo: Amnesia de maletín negro. 

El rey, acomodado en su trono, se olvidó de las promesas y palabras de justicia que salían de su corazón. Una vez engordado con trigo, grasa de cerdo y cebada real abandonó al pobre, a la viuda, al menesteroso, a la justicia y a la libertad. Además olvidó el sufrimiento y las oposiciones que tuvo que soportar (como los de abajo) para llegar al tan ansiado trono. Para colmo sacó a pasear a La muerte vestida de caravana, que con sus llantas como trinches, más de una  desventurada alma se llevó.    

La única amiga fiel del ahora rey, la retórica verborrea de su garganta, luchó como un espejismo cazabobos para desmentirlo todo,  pero el tiempo enemigo de la mentira develó el lastre de sus no tan heroicas hazañas, las clásicas guanacadas. Aquellos que no olvidaron su trabajo como periodista, hicieron lo posible para hacerle recordar al rey aquellas palabras de fe que alentaban al pueblo en tiempos difíciles. ¡Fue imposible! El amado del pueblo lo olvidó todo. Olvidó quién era antes de ser rey, su humilde procedencia y cómo se formó en la juventud. En lo secreto preparó un castillo para vivir como siempre soñó: «Entre oligarcas». 

El pueblo lamentó haberlo ungido como rey, dio voces de lloro y tristeza, de gran angustia. Lo que resintió la gente fue que ahora, en estos verdes tiempos del dólar, ya no se puede confiar en nadie; aún los más nobles, como el hidalgo periodista, tienen un precio y pueden enfermar de la terrible dolencia que produce el traicionero brillo de las riquezas materiales en el hombre ambicioso.

Solo queda esperar que el siguiente no enferme y haga lo correcto.
Solo queda esperar que el próximo no nos mienta tanto.
Solo queda esperar que el que viene no sea lobo con piel de oveja.
Solo queda seguir creyendo que mañana será un día mejor.
El nombre del periodista es «El confrontativo», y esta es su triste historia.

 

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