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La ley de la consecuencias imprevistas

Edgar Orellana | Ingeniero en Sistemas (University of North Carolina at Chapel Hill), Ingeniero Civil (U.Southwestern Canada) y un Doctorado en Teología Sistematica ( Trinity Evangelical Christian University). Empresario dedicado a la Consultoría informática.

Edgar Orellana | 16 de abril de 2020

En el fondo este episodio es un ejemplo aleccionador de la arrogancia de los funcionarios. En ocasiones ponemos tanta fe en los razonamientos de gente inexperta, y en que nuestro carisma y apoyo popular nos permitirá encontrar soluciones a todos los problemas, que nos negamos a ver las evidencias que a todas luces indican que en realidad lo estamos empeorando.

La ley de las consecuencias imprevistas tiene sus raíces en el periodo de la Ilustración (siglos XVII y XVIII). De hecho, ya en 1691 el filósofo John Locke hablaba de las consecuencias imprevistas de la regulación de los tipos de interés. Siglos después, esta ley sigue siendo válida para muchos casos no solo financieros. De allí la importancia de que los funcionarios sean personas con capacidad intelectual suficiente y estudios superiores que les permitan escoger adecuados asesores y ellos mismos tengan dominio de las materias en las que se desempeñan; esto porque actualmente nuestros funcionarios llegan por amiguismo y pactos a sus posiciones; por lo que estamos sufriendo esas consecuencias, sobre todo en el manejo de la crisis y la economía de El Salvador.

En economía, se habla de un efecto cobra cuando al intentar encontrar la solución a un problema, este en realidad lo empeora. Parece ser lo que actualmente acontece en el país.  Esto ocurre sistemas complejos, y poco tiene que ver con las cobras, sino con las ratas.

Todo comenzó en la capital de la Indochina francesa (hoy Vietnam), Hanoi, que era la perla del colonialismo galo a finales del siglo XIX y principios del XX. En 1897, Francia envía a Paul Doumer como gobernador de Hanoi, donde entre otras cosas se encarga de construir infraestructuras modernas para los colonos franceses. Así, se levantan avenidas arboladas flanqueadas por señoriales casas coloniales, que contaban con todas las comodidades europeas de la época, incluyendo un baño con su oportuno inodoro. Obviamente aquello obligó a construir una red de alcantarillado de unos 14 kilómetros de longitud.

Y sucedió lo impensable. Las ratas descubrieron un habitat maravilloso en el que reproducirse lejos de los gatos y demás depredadores de la superficie, y pronto prosperaron por centenares de miles, trayendo con ellas las pulgas, las enfermedades y finalmente la temida peste bubónica.

Paul Doumer contrató entonces a cazadores profesionales de ratas, a los que pagaba un céntimo por cada cadáver de roedor. Los métodos de caza (desconocidos por desgracia) se fueron perfeccionando hasta el punto de que el 21 de junio de 1902 se alcanzó el record de capturas: 20,112 ratas en un solo día.

Pero finalmente el gobierno de la colonia llegó a la conclusión de que incluso con un pequeño ejército de cazadores de ratas bien remunerados, la población de roedores seguía siendo insoportablemente grande

¿Qué hacer? Llamar a filas a los propios colonos, gente emprendedora que recibieron encantados la opción de poder sumarse a la oferta de 1 centavo por rata capturada. Para hacer el conteo y el pago más sencillo, los funcionarios a cargo del gobernador Doumer decidieron que bastaría con recibir únicamente la cola de la rata para pagar la captura, lo que evitaba el engorroso (y antihigiénico) proceso de manejar cadáveres completos.

Este “plan B” parecía estar funcionando bien, pero entonces los funcionarios coloniales comenzaron a divisar por toda la ciudad miles de ratas vivitas pero no “coleando”, ya que alguien se la había amputado. Pronto comprendieron que los cazadores de ratas preferían cortar la valiosa cola de rata y liberar al animal vivo, que de este modo se reproduciría y mantendría activo el negocio, a matarlo y acabar así con la gallina de los huevos de oro.

Un poco de investigación extra reveló que los aldeanos de los alrededores de Hanoi traían a ratas de lugares alejados de la ciudad para comerciar con ellas. En última instancia, los funcionarios franceses se vieron obligados a finalizar la política de “abono por cola de rata” al descubrir granjas de cría en las afueras de la ciudad.

Las ratas terminaron por quedarse más tiempo que los franceses, cuyo protectorado apenas duró 40 años. Por lo que puedo leer, cuando finalizó la época de la “masacre de las ratas” (como se conoce a aquel episodio histórico hoy en día), los roedores continuaron reproduciéndose de forma exponencial, provocando varios brotes de peste bubónica.

Otro ejemplo claro de este racionamiento fallido lo encontramos con la invención de la ametralladora, arma que en primera instancia se creyó que contribuiría a acortar las guerras con su potencia destructora. La Primera Guerra Mundial se encargó de echar por tierra esta idea.  El que entienda y tenga oídos que oiga….

 

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