• Diario Digital | jueves, 12 de diciembre de 2019
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¿Comenzaremos a matar periodistas?

¿Comenzaremos a matar periodistas?

Iván el terrible logró unir a Rusia liberándola de la opresión tártara-mongol pero instaló un régimen de terror contra su pueblo.

Los nobles envenenaron a su amada esposa y él mismo asesinaría luego a su hijo. Enloquecido por esta pérdida y por las intrigas palaciegas crea los «oprichniki» o sicarios del Zar. Su escudo era la calavera de un can y una escoba que simbolizaba su objetivo: ser los perros del Zar y barrer la basura de Rusia.

Estaban autorizados a cometer robos, saqueos, violaciones, torturas, asesinatos, mutilaciones, empalamientos, descuartizamientos, quema de prisioneros vivos.

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Al FMLN lo apuran desde la derecha a solventar todos los problemas delincuenciales que les heredaron y para los cuales ni ARENA misma sabe cómo resolver. ¿La solución? Luego de las manos duras y treguas: matar pandilleros.

Esto se explica desde nuestra ancestral cosmovisión mágico-religiosa autoritaria, dictatorial y antidemocrática que la única forma de detener el mal es eliminándolo. No solo desde estamentos del GOES sino también desde los ciudadanos –anima el presidente de la Asamblea Legislativa-.

Esta guerrita de exterminio social de los unos y otros no sería de nuestra incumbencia si no fuera porque si se permite que un escuadrón elimine a la escoria nacional ¿quién nos garantiza que se desmovilizará luego sin mayores peligros para los ciudadanos honrados que dicen proteger ahora saltándose el Estado de derecho? Nadie.

La historia atestigua que lo que cuesta es matar al primero, los demás que seguirán se asesinan sin importar quién sea, sin remordimiento o culpa por parte de los justicieros.

La misma historia igualmente cuenta que una vez que se acaban los malos, surgen otros malos, ya no como los primeros que motivaron la matanza inicial sino que habrá -por ejemplo- periodistas metidos; curas comunistas; defensores de DD.HH. que protegen nuevos delincuentes; políticos progresistas; lumpen urbano, etcétera que si no se controla con orden y se define con rigor quién manda a tiempo puede derivar otra vez en las temibles pandillas.

Quienes defienden los grupos de exterminio no dicen que haya que matar a 80,000 pandilleros y sus familias que sumarian 300,000 personas. ¡No! Ni que al salvadoreño le gustase matar.

Hablamos que hay que seleccionar un porcentaje de estos parias (jefes y familias) para causar terror y disuadirlos que sigan extorsionando y asesinando por motivos de exclusión social. Hay 2 millones más de pobres y no andan matando.

Muerto el perro termina la rabia. Por eso jode que un grupo de periodistas desde Revista Factum y El Faro nos abran los ojos y déjennos horrorizados de cómo el Estado coloca la basura bajo la alfombra. Esto que no es más que hacerle el juego a los pandilleros inevitablemente los coloca del bando enemigo y son pues, objetivos a eliminar.

El siguiente paso luego que la cofradía los definió enemigos es lograr que en caso de ajusticiarlos la población no se indigne (llevan ventaja, el salvadoreño abandonado intelectual no puede indignarse nunca) para ello habrá que declararlos pandilleros. Periodistas pandilleros. Así si mueren nadie se extrañará.

En la persecución de todo tipo hecha hasta ahora a los periodistas responsables del reportaje ¿notan? esta el crossover de lo legal a lo para legal para finalizar pareciéndose a lo que desea eliminar que es en lo que termina el escuadrón de la muerte.

Y todo esto en un gobierno de izquierda. La verdad sea escrita: la negativa de ARENA a dar los votos para el préstamo de 100 millones para Seguridad Pública sumado a la triste y creciente ola de asesinatos de policías y soldados más los surgidos escuadrones de la muerte están dando simpatías populares al FMLN que se ve asediado desde las pandillas y la derecha y, que, ante tanta intransigencia nacional recurrir al exterminio de pandilleros sea en realidad una necesidad patriótica.

Y claro esto siempre llevará aparejado daños colaterales o periodistas pandilleros… muertos.       

Corolario:

Quien busca infundir temor lo hace para dejar en claro quién manda. El que lleva la palabra dirán los pandilleros; imponer el orden defenderán los escuadrones de la muerte y ambos usaran salvajemente para sus fines a la población.

En la opera Boris Godunov de Modesto Mussorgsky a Iván el terrible se le llama el buen Zar. Valga decir que esta obra está basada en la novela dramática de Alexander Pushkin. Llegó a ser tan admirado que Stalin ordenó al padre del cine, Serguei Eisenstein, hacer una película sobre el nuevo héroe soviético. El pueblo amó a su asesino.

Ambos justificaron su régimen de terror contra los ciudadanos para imponer el orden y desarrollo en el país. Algo lograron, pero la historia que pone todo en su lugar nos dice que todo aquello por lo que mataron una vez desaparecieron terminó en una nación en caos para Iván el terrible y en la desintegración de la URSS para Stalin.

Los pueblos construyen los símbolos que les sirven, aquí la elite política actual necesita matar pandilleros para martirizar unas muertes en detrimento de otras dejando a la población (que ya no es víctima sino cómplice de los bandos) en medio de una espiral de violencia que deberá dejar más asesinados llegar donde deban llegar los crímenes o la barbarie para que al fin alguien diga –cuando ya sea todo un sinsentido o cuando vengan a buscarlos para juzgarlos- que hay que parar la matanza.