• Diario Digital | domingo, 23 de febrero de 2020
  • Actualizado 18:04

Proteccionismo de Trump más allá de las deportaciones

Proteccionismo de Trump más allá de las deportaciones

Aunque los gobiernos de los países centroamericanos muestran preocupación por la deportación de sus connacionales iniciada por la actual administración, muy poco sospechan el impacto que puede tener la política exterior de Trump en las economías de la región.  La visión cortoplacista de las repúblicas del istmo, especialmente las del Triángulo Norte, no les permite planificar sus economías y mucho menos tener un  augurio sensato de los tiempos venideros.  La victoria de Donald Trump en las recientes elecciones de Estados Unidos no es una casualidad, aunque sorprendiera al mismo presidente electo -- y su propuesto gabinete, tampoco es una improvisación.  El actual gobierno tendrá más de una decena de millonarios. Al igual que durante su campaña, Trump  usará la inteligencia corporativa y estatal para promover sus intereses y los de los plutócratas cuya nacionalidad y jurisdicción es el mundo entero. Si bien la fuerza laboral en Centroamérica no es una de las más favorecidas con la globalización económica que ha impactado la economía mundial en las últimas décadas, su comercio y consumo pueden verse afectados por las políticas comerciales y arancelarias propuestas por el presidente de los Estados Unidos.

Una nueva etapa del capitalismo se erige ante nuestros ojos que ingenuos confunden el entretenimiento con la destrucción irreversible de la ciudadanía, la república y la nación. Los plutócratas que ha producido la globalización económica han seleccionado el jinete de un caballo troyano que los llevará al tramo final de su jornada emprendida hace más de 500 años.  En Estados Unidos al menos una decena de acaudalados liderados por Donald Trump presagian la implosión del estado de derecho implementado en los últimos 200 años por la mayoría de países, que en nombre del crecimiento económico han invitado a los nuevos dueños del mundo a desmantelar su orden jurídico, saquear su materia prima, sobreexplotar a sus habitantes para producir mercancías al más bajo precio y venderlas libre de gravámenes arancelarios por todo el mundo.  

Mientras tanto, una clase media aturdida por el acceso al internet, el uso de teléfonos inteligentes y exposición a canales televisivos las 24 horas del día, defiende el crecimiento económico que enriquece a unos pocos  y también a  la democracia político electoral que lo promueve y ruega a las corporaciones transnacionales que inviertan en sus países.  Al igual que la ingenuidad del pueblo estadounidense que eligió a Donald Trump para que salve a los pobres blancos desempleados, muchos países de centro y sur América insospechadamente aprueban la derogación de las leyes que regulan su convivencia ciudadana como si eso fuera progreso y desarrollo.  Ni los partidos en el poder, ni los de la actual oposición de las ex-repúblicas bananeras planifican sus economías respondiendo a las demandas y necesidades de sus propios ciudadanos. Más bien se postran en proyectos de maquillaje que los prepare para la inversión extranjera. 

La república y el sistema electoral estadounidense que facilita la rotación de individuos en el poder y  se ha mantenido por más de dos siglos como alternativa a la monarquía, venía tambaleando sigilosa e inadvertidamente hasta tropezar con la elección de Trump.  El desprestigio de las principales instituciones estatales, especialmente de la clase política,  le presentó al electorado americano una opción de tendencias socialdemócrata con Bernie Sanders y una de corte neofascista con Trump, para desacelerar su descapitalización y deterioro laboral. Los votantes  optaron por esta última.  Los primeros días del presidente Trump ya han escandalizado y movido dirigencias políticas, empresariales, gremiales, domésticas, municipales e internacionales.  Muchas de las respuestas desde la Marcha de un Millón de Mujeres en Washington y movilizaciones en muchas ciudades del mundo hasta la repatriación de inversiones como la prometida por la Ford, han sido también inmediatas y nada silenciosas.

Aunque la matonería demostrada en las primeras de cambio por la administración Trump le está enfrentando a sectores poblacionales de su propio país y organismos internacionales como la OTAN, la ONU y otras coaliciones internacionales que otrora orquestaron sus planes militares, es importante atender lo medular de su visión y misión económica proteccionista.  El éxito de un gobierno de acaudalados dependerá de su capacidad de ir más allá de la aparente campaña de protección de los empleos de la clase trabajadora anglosajona.  Tanto la reducción del subsidio a los servicios sociales y la extensión de la privatización de funciones gubernamentales, como la repatriación de capital y deportación de mano de obra, tienen posibilidades y limitaciones reales y potenciales.  Si bien las condiciones domésticas e internacionales no necesariamente favorecen un proteccionismo nacionalista, su mero intento puede tener repercusiones serias en los países excesivamente dependientes de la ayuda e inversión extranjera. 

Tomándolo por el lado amable, de tener éxito la repatriación de la inversión estadounidense, el retiro de capital americano podría generar la concurrencia de más capitales asiáticos y europeos en África y América Latina por ejemplo.  Un escenario así sería desafiante para países cuya representación diplomática y consular es limitada o nula en Asia y Europa. Considerando lo complicado, tardado y conflictivo que fue la aprobación de pactos como CAFTA y NAFTA entre países latinoamericanos y su aliado del norte, imaginémonos lo que tomarían tratados de algunos países centroamericanos con China, Cuba, Corea, y otros países árabes o persas.  ¿Qué conflictos habría que librar entre gobiernos autodenominados de izquierda o derecha moderna y las más rancias oligarquías que aún viven la guerra fría?

¿Qué tan preparadas están las municipalidades, los ministerios de medio ambiente, agricultura y trabajo de Centroamérica para defender lo poco que han evolucionado en la regulación de sus actividades comerciales, laborales y sociales?  Aunque tanto administraciones de izquierda como de derecha del Triángulo Norte han estado estimulando la inversión extranjera, se han visto envueltas en serios conflictos internacionales con compañías mineras, de energéticos y agroquímicos.  El Salvador por ejemplo, se ha visto en querellas legales con empresas de países como Canadá, Italia, México, con los que ha tenido relaciones diplomáticas y comerciales desde hace medio siglo. ¿Cuánto le tomaría legalizar una conexión directa y regular la importación, exportación y venta de materiales de interés para la República Popular China, si aún sigue esgrimiendo con Taiwán su apertura de relaciones diplomáticas con el gigante del oriente?

Ahora pensemos qué pasaría si este año se deportaran más inmigrantes de los 96,000 que deportó  Barack Obama y los 124,000 que deportó México en el 2016.  Considerando que la deportación de alrededor de 350,000 salvadoreños de Honduras en 1968 descarriló los planes de integración centroamericana y aceleró una guerra civil, y la deportación de pandilleros juveniles de Estados Unidos a El Salvador ha sido cantera para la actual guerra social -- ¿qué estragos puede generar una repatriación masiva de individuos acostumbrados a tener empleo y depender de salarios formales? Planes de seguridad de carácter temporal y abordajes penitenciarios y correccionales no son apropiados para recibir una inyección población laboralmente activa. 

La visión de los plutócratas que escoltan el proteccionismo de Donald Trump va más allá de la guerra fría como marco de referencia.  Aunque el nacionalismo de su retórica y ataque a los pobres, mujeres, homosexuales, inmigrantes y otras minorías son la envoltura menos adecuada para su propuesta económica, el actual gobierno de Estados Unidos busca un reordenamiento mundial, una re-globalización que en apariencia favorezca exclusivamente a la clase obrera blanca estadounidense, pero en esencia va enriquecer más a un grupo de acaudalados que intentaran privatizar muchas funciones del estado.  Así es que es un terreno que no se puede arar con viejos bueyes. No es inteligente para ningún estado centroamericano limitar la visión del impacto del Trumpismo a la deportación de criminales y continuar dependiendo de ayuda extranjera para funcionar.  Si la administración Trump está exigiendo mas por  su aporte a la ONU y OTAN que tanto le ayudan a mantener la correlación de fuerzas a su favor en el mundo,  ¿qué seguridad pueden tener los subsidios a la seguridad interna de los países centroamericanos?