• Diario Digital | martes, 10 de diciembre de 2019
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De cómo conocí a  Salarrué y a Pancho Lara

De cómo conocí a  Salarrué y a Pancho Lara

Don Salarrué era un señor chelón, alto como de uno ochenta de estatura, los ojos celestes profundos y claros, con pequeños motes de verde en su iris. Lo conocí en su quinta de los planes de Renderos. Villa Monserrat, allá por los años de 1975. Iba acompañando a Gilda Levín y Ana Ruth Aragón, artistas de teatro. Salarrué ya estaba enfermo y a eso se debía la visita. Nos recibió Maya su hija, la monja pintora. Pasamos a la sala interna, la que pega con las faldas de la montaña. Allí había un busto de Sagatara, personaje central de Oyarkandal y con el que Salarrué se identificara en esa novela. Maya comentó que uno de esos días su padre no bajó todo un día de su estudio, que estaba en el altillo de la casa donde  producía sus obras. Optaban en dejarlo solo porque en sus momentos de trabajo creativo procuraban no importunarlo. Su sorpresa fue a la mañana del día siguiente. Lo encontraron cuan largo era tirado en el piso muy cerca de las escaleras que conducían a su estudio. Sus facciones eran idénticas al busto de yeso que allí tenían de Sagatara con los mechones de pelo blanco a los lados de la frente como si el tiempo y el mar las hubieren surcado…al rato bajó el maestro Salarrué para atender a sus visitas. Recuerdo su mano apretando fuertemente la mía y viéndome directo a los ojos con sus ojos profundos que llamaban a sumergirse en ellos. A las chicas las saludó de beso. No recuerdo la conversación en ese momento, pero antes de despedirnos me obsequió uno de sus libros: Mundo nomasito; un poemario de sus últimas creaciones. Me preguntó el nombre y me puso una dedicatoria. Este valioso recuerdo para mí se lo presté a un paisano y todavía estoy esperando me lo regrese. A las semanas falleció el maestro y los que le acompañaron en su último viaje comentaban que su cara reflejaba una gran paz y una sonrisa fue su último gesto antes de partir.

A Don Panchito Lara lo conocí en un restaurante llamado la Aldea, en la entrada de la Colonia Vista Hermosa sobre la Calle a Monserrat. Era un lugar muy típico, propiedad de un conocido e íbamos allí a departir; tomar un par de cervezas y comer. Las boquitas eran uno sus mejores atractivos: jutes en alguashte, huevitos de iguana, chacalines, sopita de frijoles, requesón y todas esa peculiaridades tan nuestras. Don Panchito tendría unos setenta años y vivía con una de sus hijas contiguo a la Aldea y de vez en cuando se escapaba al final de la tarde. Un par de veces me lo encontré y le invité a compartir la mesa conmigo, me gustaba platicar con él de sus años mozos cuando era profesor en una escuela en los altos del Volcán de San Salvador. Sus facciones parecían las de un pajarito, los labios como silbando y su nariz aguileña corta y un poco curvada. Blanco y de unos ojos café, si mal no recuerdo, limpios y alegres. Me contaba que era bien enamorado y le gustaba chulear a las cipotas, que se quedaba muchas veces a dormir en el volcán para ver los preciosos atardeceres y las labores en las fincas. No le faltaba la guitarra y allí a la par de los arboles viendo el paisaje se ponía a componer canciones. De esa época es la canción del carbonero y otras de su autoría, porque allí veía como producían el carbón y vivía la gente del volcán. Mientras eso me contaba, nos tomábamos un par de cervezas, me decía que solo dos podía tomarse pero a veces de una forma sencilla e ingenua me hacía que volviera a ver a un lado y me cambiaba su cerveza vacía por la mía. Casi siempre llegaban a buscarlo y él señalaba que solo dos se había tomado. La verdad que me dio gusto conocerlo, despedía un aura de sencillez y cordialidad tan innata en él y uno se sentía a gusto con su presencia. Un día le pregunté: ¿Qué consejo me puede dar que me sea útil? No comas carne me dijo. Voy a estar siempre flaco le respondí.“Mira los bueyes sólo hierba comen y siempre hermosos”, me contestó.