• Diario Digital | lunes, 26 de agosto de 2019
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Al exilio (Historias de guerra)

Al exilio (Historias de guerra)

    1: La Captura    

— No jefecito, lo acepto soy ladrón, pero no soy comunista; se lo juro. —Hizo la cruz con los dedos.

El sargento, gordo negro y trompudo, de ojos saltones y llenos de sangre; parecía traspasarlo con la mirada.

Vos cállate hijo de puta que sos el próximo.

Vaya soldado muela …rompa esa manta con la consigna de estos cabrones y véndelos, luego los sube al camión…me oíste muelaaa

Si mi sargento, respondió el soldado, flexionando los pies y yendo rápidamente donde Raúl y Joaquín estaban parados, en la sala de guardia de la entrada de la primera brigada de Infantería.

Dirigiéndose a los prisioneros grito fuertemente como para que lo oyera todo el mundo:

Ya sabe para dónde van todos los rojos, terengos, camarones con mierda en la cabeza…ahhh ya saben? Dijo como preguntándole a una multitud imaginaria.

Joaquín y Raúl habían sido sorprendidos en su residencia la madrugada de ese día por una patrulla del cuartel, que la noche anterior había irrumpido en la casa rompiendo la cerradura de la puerta principal. Serian como las 11 de la noche. En la casa vivían Joaquín que era el propietario, Raúl y Carlos; dos pupilos y amigos. Raúl  trabajaba en el Ministerio de Educación y Carlos en la secretaria de prensa del canal del gobierno. Carlos había llevado esa noche a unas amigas suyas a departir, con el beneplácito de Joaquín. Habían conversado, tomado vino y escuchado música. Conforme la noche avanzaba el grupo había creado una atmosfera más cercana, más romántica; el tono de la luz era ahora más tenue y cada quien por afinidad había buscado su pareja.

Cada uno tenía un dormitorio diferente por lo que la noche parecía prometedora y poco a poco cada uno se fue retirando a su aposento…de repente se escucharon voces en el patio, en el área del jardín y luego un estruendo. La vieja puerta de madera había cedido a los golpes de los soldados que irrumpieron atropelladamente a la sala de la casa.

—Arriba las manos, salga de donde están…

Fueron saliendo poco a poco cada uno con su acompañante

Un sargento gordo, ojos saltones y trompudos ordenaba la acción.

—Busquen armas o documentos en toda la casa…denle vuelta a esta mierda y nos llevamos a estos cabrones y cabronas —dijo acentuando las palabras

Las mujeres histéricas, entre sollozo y grito… A mí no, ¿Por qué?

—Un momento dijo Elisa; no tenemos nada que ver con armas y documentos…veníamos de una discoteca con Carlos y pasamos a tomarnos un vinito y nada mas.

—Además —digo otra, regordeta y pelo rizado castaño— yo soy cuñada del coronel Larios.

Si querés pregúntale —dijo— dirigiéndose al sargento trompudo y gordo.

La tercera en la escena tomó fuerza y dijo: Mira papá, el comandante de la primera brigada es mi primo….así que tranquilo.

En ese jaleo estaban cuando uno de los soldados llegó con un cuadro en el que se distinguían unas figuras hechas con dólares…mire mi sargento lo que hallé.

—Ya ves por algo nos habían soplado, estos cabrones andan en algo…son falsificadores de la guerrilla.

Entonces terció Joaquín: Un momento, ese cuadro es mío, soy abogado y los billetes que están en ese cuadro son falsos, que no ven es una obra de arte.

—Que obra de arte ni que ocho cuartos…este es dinero para comprar armas para la guerrilla; crees que soy estúpido terengo.

El soldado con el equipó de radio que había salido de la casa entró con el teléfono descolgado.

—Mi sargento... le habla mi Charlie.

—¿Y qué putas le dijiste…?

—Solo le pasé el nombre de las mujeres, no vaya a ser que sea familia de mi coronel y mañana nos caiga una buena chicharroneada.

—Pasmado….

—Sí mi Charly…sí, tres mujeres y tres hombres…No mi Charly, no hemos encontrado armas, ni documentos solo un cuadro con dólares…pero tienen cara de guerrilleros. Sí, ese sí lo llevo mi Charly. Bueno mi Charly, diez cuatro.

—Vámonos muchachos estos pendejos tienen suerte...

Y salieron dejando un olor a sudor y una atmosfera crispada.

Las muchachas se fueron no quisieron terminar la noche. Carlos les consiguió un taxi para que se fueran.  Allí quedaron dándoles vueltas al motivo de aquel allanamiento.

Al siguiente día Raúl pidió permiso en el trabajo y fue hasta la brigada de infantería para hablar con un par de primos que estaban de alta en el regimiento. Solamente pudo hablar con uno, el de mayor rango, quien lo recibió y a quien narró los sucesos de la medianoche pasada.

El capitán le dijo, mira hace una semana atacaron el cuartel con bazucas y donde vos vivís está en el área de alcance, me imagino que algo anormal se ha detectado por la inteligencia militar y a eso se debe la acción.

—Pero si nosotros no tenemos nada que ver —dijo Raúl.

—Estamos en guerra papá, así que aquí se van justos y pecadores.

—Y que me recomendás.

—Mira, si sé algo por lo menos ándate a la mierda te voy a decir, dijo arrastrando y remarcando las palabras.

Me despedí y por la tarde Joaquín y Raúl conversaron sobre el hecho

—Quizás viene mucho chero y los vecinos…vos sabes, han de pensar que andamos en algo turbio.

—Es posible —dijo Joaquín— esta gente es chambrosa.

Así dejaron el asunto y luego de cenar se fueron a dormir plácidamente. De repente en medio de la noche se escucharon nuevamente ruidos en el jardín exterior y otra vez la puerta que recién habían reparado trono y cayó al suelo. Ahora sí, directo a traerlos venían.

Les dijeron que se pusieran pantalón y camiseta. En la operación estaban cuando apareció el hermano de Joaquín que vivía al lado y se presentó: Soy abogado de la república por qué los llevan, ¿de qué se les acusa?

—De subversivos… ¿y usted como se llama?. Dio el nombre.

El sargento negro y trompudo que estaba de nuevo allí con sus ojos inyectados en sangre sacó una libreta y buscó el nombre de aquel.

Tenés suerte que no te tengo en el listado. sino aquí fueras acompañando a los terengos estos. El hermano de Joaquín ya no dijo nada, solamente vio que los llevaban amarrados de los dedos de la mano.

Joaquín era un poco más pequeño que Raúl y de andar lento y ceremonioso y Raúl era más desabrido y nervioso, a cada paso el cáñamo de los dedos se estiraba por el descompás del ritmo al caminar.

La noche estaba fresca, profundamente clara y en silencio. Había toque de queda. Iban en medio de la patrulla de soldados, custodiados y al lado del sargento barrigón y trompudo. Raúl lo veía atentamente porque tenía ciertos rasgos que le eran familiares, los cachetes, los ojos inyectados de sangre y con las venitas llenas de odio, brillantes como bajo los efectos de alguna droga.

Toda su persona emanaba una atmósfera pesada sucia, perversa. Andaba con los pies abiertos por el gran estomago que le saltaba y sus labios gruesos con rasgos africanos le recordaban a un compañerito del pueblo que le decían Tonina. Bicho chuco y llorón. Su madre lo castigaba continuamente y lo tiraba a la calle para que fuera a joder. Así llegaba a integrarse a los juegos de los chicos del barrio, tendría unos 7 años igual que Raúl. Este chico además de mal hablado pegaba unos chillidos estruendosos y gritaba guturalmente entre sonrisas y llantos, pobrecillo era maltratado por su madre…no sabía Raúl porque cada vez que lo veía, le recordaba aquel chico. Sera posible que las cosas se repetían en diferentes etapas de la vida y nos volvamos a encontrar en otra situación los mismos actores, no era la primera vez que se había planteado esta interrogante.

Así llegaron al cuartel como a la una de la mañana. Allí le quitaron los documentos personales y los mandaron a la sala de espera, en medio de las bancas, espalda con espalda y amarrados de los dedos, que esas horas  ya los sentían adormecidos y de un color grisáceo tirando a morado.

Parecía que era una noche de mucha actividad porque salían y entraban vehículos con soldados y gente, alguna operación relámpago de exterminio de los focos del enemigo terrorista. Joaquín y Raúl comenzaron a conversar sobre las posibles causas.

Primero dijo Raúl. Carlos no llego a dormir.

A saber, si asustado se fue a dormir donde los familiares

—Mira yo creo que la señora que llega hacer la limpieza habrá hecho algunos comentarios a los vecinos, porque la vez pasada estaba escandalizada porque me encontró unas botas tipo militar todas enlodadas y a saber qué pensaría...

—Bueno también que llegan muchos amigos a diferentes horas del día y se suben a la terraza, bien algo pasó que nos pusieron el ojo, pero seamos sinceros y vos en que andas que yo no sepa dijo Joaquín a Raúl

—Mira no soy de las milicias armadas, sino te lo diría con orgullo y no me retractaría; si estamos organizados y fundadores de la asociación de empleados de educación, además he hecho labores de propaganda para el movimiento de profesionales y técnicos, repartir boletines en favor de la lucha organizad.

De repente escucharon que atropelladamente llevaban gente donde está el puesto de guardia. Aquí tiene mi sargento los revoltosos que capturamos en la tarde en el centro.

—¿Qué hacemos? ¿Ya los fichaste? —Si

—¿Aparecen en el listado del libro de terroristas? —Si

—¡Ya sabes que hacer, agarra una de esas mantas que encontraron, rómpela en tirones y envolverlos con ellas y llévate esos cabrones de mi vista yaaa!!!!

—Sí mi sargento

Entonces se escuchó un grito a todo pulmón

—¡Patria libre o muerte venceremos!!!

—Soldado amárrale la boca a ese pendejo y llévenselos de aquí súbanlos al pickup y ya saben dónde ir a tirar a estos cabrones.

—Si mi Charly.

—Súbanse cerotes, comunistas, mierda.

Y se oyó el tropel de soldados y ruidos como que tiraba sacos en la cama del pickup

Y el sargento: —Abran la plumaaa

Y se fueron… silencio

—¿Y los otros terengos vos?

—Esos están allí en la sala de espera, dijo mi capitán que allí los tuviéramos hasta nueva orden.

—Oí Joaquín —dijo Raúl— aquí vamos a pasar la noche.

—Aprovechemos pues para ponernos de acuerdo en lo que vamos a decir mañana si nos interrogan. Y se pusieron a conversar sobre las personas que iban a mencionar y el trabajo que hacían en sus puestos en el gobierno. Al rato se quedaron dormidos con las nalgas tullidas por el duro del suelo.

Silencio…de repente llegaron dos soldados.

—¡Levántense! Y nos llevaron a la guardia

—Cabo Morales

—Sí —Llévate esta gente de aquí. Y Le dio un papel

—Ya sabes qué hacer con estos cerotes —dijo el cabo— y llévate una de esas mantas rojas con la leyenda de ellos y se las enrollas hasta el sereguete.

—Sí, señor —le contestó el soldado.

—No sea turbio —le dijo el subteniente.

—¡Súbanlos!

Los subieron al pickup del Ejército…serían como las seis y media de la mañana.

Joaquín y Raúl cruzaron miradas mientras se subían al vehículo y no dijeron nada… conformes con su destino.

—Morir en vano, mejor se hubieran incorporado a la guerrilla y morir luchando que morir cobardemente en manos de estos imbéciles...allá al fondo vieron al negro trompudo descansando en una silla con el estómago al aire y con un palillo limpiándose los dientes .

Parecía sonreír con una mueca de orgullo y asco. Escupió al suelo y se tendió nuevamente.

—Cerote —dijo Raúl— ojalá te pudras en el infierno.

2.  Al  Castillo

Los rayos del sol emergiendo pegaban de frente. Raúl iba parado en la parte delantera del pickup y Joaquín en la cama sentado. ¿Qué dirían sus compañeros de trabajo y sus parientes cuando no aparecieran? ¿Engrosaría el listado de los desaparecidos y nunca encontrados?  ¿Las aves de rapiña terminarían con sus carnes? ¿Cuál sería la excusa que darían los del gobierno ante su muerte? ¿Harían algo sus conocidos integrados en la lucha armada? ¿Qué sería de mi madre? pensó Raúl.

Su padre había muerto hace 5 años y su madre había quedado sola. Dicen que es Comunista le había dicho ella una vez a la vecina esposa de su primo funcionario del gobierno. Ahora podrán restregarle en la cara que su hijo murió por andar en la guerrilla. Pobre madre mía, si supiera que mi pecado ha sido tratar que haya justicia y hacer valer todos los principios cristianos que ella me enseño y el amor hacia los más pobres y necesitados que tanto me demostró mi padre con su ejemplo. Levanto la cabeza mirando al sol como retándolo, mientras un escozor le rugía en el pecho de impotencia…un pequeña fuente de agua se había abierto en su interior. Hay que enfrentar la muerte con coraje se dijo… Cuando pasaron por el centro de San Salvador pensaron que los llevarían hacia los planes de Renderos.  En esas calles solitarias nos van a tirar con un disparo en la cabeza  y un rotulo pegado en el cuerpo: traidores a la patria o nos van tirar desde la puerta del diablo en el barranco, que los animales nos devoren. Allí moriremos en el más absurdo sufrimiento ante las inclemencias del sol y la luna

Justamente pasando por el Parque Hula Hula, Raúl vio a un compañero de trabajo que se cruzó la calle, pero este ni siquiera volvió a verlos. Siguieron su camino con rumbo desconocido…De repente por la plaza central el pickup doblo precipitadamente a la izquierda rumbo al cuartel central de la policía.

—Uhhh —dijo Raúl— aquí nos van a torturar y hacer un reporte para que vayamos a terminar en los oscuros calabozos. Debíamos de actuar rápido para que no nos perdieran en los  calabozos y dijeran que nunca estuvimos allí como era costumbre en esa época.

Los entregaron a los policías de turno con un “parte” de la captura. Los bajaron y comenzó el procedimiento de identificación, toma de fotografías, huellas digitales y enseguida los separaron, solo se volvieron a ver con un adiós en las miradas, no sabían que pasaría pero habían sido buenos amigos y compartido sus ideales por un mejor país libre de la dictadura oligárquico militar.

La noche estrellada y el frío calándole los huesos, las luces mortecinas y rojas de las lámparas de mercurio del gran Salvador pestañeaban a  sus pies. Raúl estaba en una bartolina en la azotea de la policía Nacional. Ya había pasado un día desde que llegaron allí al cuartel central. A Joaquín lo había visto en las oficinas del departamento de investigaciones cuando salía escoltado por dos gendarmes y el entraba al interrogatorio.

Le preguntaron de todo, hasta donde se quitaba el pelo y las razones de su incorporación a los comandos urbanos de la resistencia nacional. Raúl lo había negado todo y repetido los argumentos de descargo que junto a Joaquín habían conversado en el cuartel del ejército mientras escuchaban el tropel de soldados y víctimas, en lo oscuro de la noche pasada.

Tenía dos personajes en su lista de descargo: el fiscal general de la república que era su conocido y coterráneo del pueblo, que podía dar razón de su comportamiento social y el presidente de la Junta de Gobierno; al cual había conocido cuando era candidato a la alcaldía de San Salvador. Además, cuando Raúl había realizado el curso insignia de madera para jefe de tropa del movimiento scout del cual el presidente Duarte era la máxima autoridad en el país. Por allí se les fue a los investigadores, los cuales insistían una y otra vez que contara cuál era su accionar en los comandos urbanos, al final desistieron y lo regresaron a la celda.

En horas de mediodía recibió un presente inesperado, un almuerzo en plato desechable. El guardia que la llevo le dijo:

—Le manda esto Milta. Una guapa y escultural chica que con toda seguridad había persuadido al mozo que me llevara comida. La devoré, no había desayunado y me cayó de perlas, al terminar en el fondo del plato   había un mensaje: Sabemos que estas allí, Yánez.

El apellido de un compañero, el que nos había visto pasar por el centro de San Salvador. Eso era un alivio ya no pasarían como desaparecidos. Por su parte el sindicato de educación sección cultural había suspendido  labores, hicieron quema de llantas en la calle frente a la dirección de cultura. “Vivos se los llevaron vivos los queremos” gritaban mientras en una pancarta aparecía mi nombre.

Por el lado de Joaquín, su madre viuda de un prestigioso abogado también había movido “teclas” y la presión comenzaba a sentirse. La hermana mayor de Raúl, Alicia, había logrado comunicarse al despacho del presidente del gobierno  y llena de lágrimas había comentado el caso a la secretaria privada del presidente. Le había recordado todo la admiración y apoyo que Raúl le había brindado en su campaña presidencial allá por los años 70 y su férrea militancia política.

Ante las súplicas y lágrimas de la hermana que conmovió a la secretaria del presidente, esta hizo el comentario al presidente que delegó a la misma secretaria para que hablara con el director de la policía nacional sobre el paradero de Raúl y Joaquín. Pidieron un informe del caso.

Joaquín por su lado como abogado que era había pactado con los investigadores  para que a cambio de mil colones  cambiaran el parte policial y los dejaran libres. El dinero sería entregado el siguiente día de la liberación, porque había que ir personalmente al banco a sacar el pago. Así lograron su libertad: soborno y presión.

Al momento de salir la madre  de Joaquín y sus hermanos le acompañaron de regreso a casa. Una vez fuera Joaquín llamo a Raúl aparte y le dijo.

—Ándate fuera del país, a estos les prometí dinero para que nos sacaran, pero no les voy a dar nada…hay nos vemos cuídate.

—Espérate dijo Raúl tengo que sacar mi pasaporte y dinero para viajar que hay en tu casa. Se fueron juntos.

Sus libros, sus poemas, sus pertenecías quedarían en la casa de Joaquín. Ya vería como mandaría a recogerlas o que allí se quedaran …ahorita no podía pensar bien, salió de la casa de Joaquín y comenzó a caminar, lo primero hablarle a su madre.

La viejecilla le contestó con un hilo de voz. Había en la comunicación una terrible pesadez que no se podía expresar con palabras, la madre con un reclamo en la garganta y un lago de lágrimas contenidas. El hijo con los deseos de sentir sus brazos protectores, que le acariciara el pelo como solo ella podía hacerlo cuando quería calmarlo.

—¿Estás bien hijo?

—Sí madre, gracias.

—No vengas acá al pueblo hay unos hombres fuera de la casa que vinieron por la tarde y no se han movido de allí toda la noche. No me llames más. Dios te guie Cuídate. Y Raúl sintió que su madre conteniendo las lágrimas lo besaba en silencio y le acariciaba el pelo.

Ya había trazado un plan se iría a dormir cerca de la terminal de occidente y en el primer bus saldría buscando escapar

Raúl se fue hacia la terminal de occidente y busco hospedaje lo más cercano posible. Fue una noche terrible, la tensión no lo dejaba dormir, los pensamientos se cruzaban unos a otros y los zancudos y las horribles condiciones de la pensión. A las 4 de la mañana salió el primer bus hacia Guatemala… en la frontera hizo los trámites correspondientes y ya en Guatemala fue al ministerio de cultura a presentar una solicitud de trabajo y conversar con uno de los funcionarios a cargo ,sin embargo las posibilidades eran nulas.

Había que proceder al plan B: Honduras, San Pedro Sula donde su amigo Beto. Hondureño el que había conocido en el pueblo, la única dificultad era que El Salvador y Honduras no tenían relaciones diplomáticas por la guerra de las 100 horas, o guerra del futbol en 1969, así que tenía que entrar por la frontera Guatemala- Honduras.  Investigó el lugar y el trasporte que iba para la frontera Honduras -Guatemala, la más cercana era por Esquipulas, busco un hotel para pasar la noche.

En el hotel había un bar y allí se fue para aliviar la tensión, se sentó en la barra del bar y pidió una “Gallo” bien helada mientras recapitulaba la situación. Las luces del bar eran mortecinas y un ambiente de antro, en la mesa del fondo estaban departiendo alegremente unos jóvenes y en el otro extremo del bar un tipo como de 60 años, seco y nervudo de bigote y sombrero de alas curvas con lentes. Leonel trato de soltar toda la tensión que andaba encima, especialmente el recuerdo de su madre. Se hizo el desentendido y tomo la cerveza, dudo si tomarme otra o ir se a la habitación, en esa duda estaba cuando llego el tipo del sombrero.

—Te invito otra cerveza dijo —y se sentó junto a él.

Raúl no respondió solo se le quedo viendo. Mientras el tipo hacía ademan con la mano pidiendo al cantinero dos cervezas.

—Mira, aquellos de la mesa ya están borrachos y a mí con borrachos no me gusta conversar.

—Primero ya no entienden ni jota y segundo de repente se ponen agresivo y entonces hay que calmarlos pues.

—Y tú que hacés. No sos de aquí verdad.

-No maestro soy de El Salvador y ando de paseo.

—Que bien, mira vos…yo trabajo como guía turístico en la antigua y hoy es mi noche libre así que aquí me quedé.

Me había dado en el clavo, era un área de sumo interés para mí. Comenzamos a platicar sobre su trabajo y las posibilidades de encontrar un empleo en el área de cultura ya que Guatemala tiene muy desarrollada ese tema.

—Pues no esta tan sencillo vos…primero hay que tener algún padrino para que te den una oportunidad y luego conocer bien la situación, así que es cuesta arriba manito. Y ¿porqué andas buscando trabajo acá?

—Pues verás, la situación en mi país está cada vez más difícil y con esto del desarrollo cultural acá creí que aquí podría haber futuro.

—Quién sabe mano, tendrías que ser antropólogo o arqueólogo para que te den un puesto.

—Platícame como está la situación disque revolucionaria en tu país.

—Pues mira un poco confuso todo…Raúl sabía que era un tema espinoso al que aquel tipo lo llevaba y decidió cortar la conversa…y peligroso:

—Yo lo que quiero es vivir en paz y trabajar.

—¿No temes familia pues, esposa e hijos?

—No solamente mi madre y hermanos que están allá.

—Mira aquí hay que tener cuidado pues la situación está también confusa y vienen revolucionarios nicaragüenses y salvadoreños a traficar armas o a reunirse. Yo estuve en el ejército, soy de las tropas especiales los “Kaibiles” pero por una herida en el estómago me retire, así que ahora estoy de guía turístico porque todas estas selvas me las puedo y cuando vienen turistas y quieren ir a las selvas los llevo me entiendes. ¡Sí pues!

—Sí, pero yo no estoy interesado en las selvas, no tengo dinero para pagar guías y solamente ando en busca de empleo y fíjate que tengo que mañanear para ir a una entrevista.

—Tomate otra “gallo” te invito vos.

-Gracias mi hermano pero ha sido un día cansado

—¿Estás aquí en el hotel?

—No, no estoy a varias cuadras de aquí donde un amigo, otra de las razones por las que tengo que irme, te agradezco mucho...

Raúl salió y el tipo con él y fuera del bar le dijo acercándosele.

—Si me necesitas para cualquier trabajito allí estoy ehh

—Gracias capitán…mañana los busco por aquí y le cuento como me fue.

—Correcto, Pasa buenas noches vos

—Gracias

Camino fuera del bar y espero que el capitán entrara nuevamente para dar vuelta y apresuradamente entro al hotel hasta su habitación.

Allí pensó un poco en aquel tipo, por lo visto un informante de la policía que se paseaba por esos lugares…todavía sentía su presencia hostigosa, oliendo alcohol, tratando de acercársele y susurrándole al oído ofrecimientos de trance y muerte…menudo tipo.

Tomo su cuaderno de apuntes y escribió en su agenda el encuentro con aquel tipo, 22 de octubre del año 80. Ciudad de Guatemala

Plan B. San Pedro Sula.

Durmió con sobresaltos, pendiente de la puerta y la imagen de aquel tipo con el que había estado en el bar,lo mantenía alerta. Desayuno en la terminal de buses y partió hacia la frontera Esquipulas. Ya en la frontera se bajó a cambiar quetzales por lempiras porque de seguro las ocuparía, dejando unos quetzales por si tenía que regresar de emergencia. Se guardó su pasaporte pensando que si se lo encontraba era más fácil que fuera a ser detenido que fingir que era de alguna comarca de Honduras. Dicen que nos parecemos bastante en el físico – pensó- y en el hablado, así que no sería muy difícil pasar por hondureño.

En la frontera Raúl se acercó a un joven lugareño, de esos que viven de los movimientos en las fronteras, a quien le pregunto cómo llegaba a San Pedro Sula y el tipo le dijo:

—Mire usted como es salvadoreño no puede entrar, sino con un permiso especial de Gobernación de lo contrario lo detendrá.  Era un viernes en horas de la mañana.

—Ve aquel microbús de allá, hable con el cobrador y dígale la verdad, ofrézcale dinero a ver qué le dice.

Así fue el cobrador del microbús le dijo: son 10 lempiras hasta Ocotepeque y 10 para mi. Estas de acuerdo.

—Claro.

—Bueno váyase caminando a la tienda que esta allá al otro lado de la frontera y espéreme allí, yo haré una parada como para comprar algo entonces se sube. Si un guardia te para diga que va a la tienda a comprar, bien.

Raúl atisbó para todos lados, era una hora de poco movimiento, las calles casi solitarias solo se veía gente de la aduana, unos guardias, los cambia moneda y unos cuantos transeúntes.

Se animó y comenzó a caminar despacio en línea oblicua hacia la tienda, pendiente de que le pudieran mandar alto, no pensaba en nada, su cuerpo era masa de músculos tensos, el andar se volvía interminable, quería correr, pero mentalmente se ordenaba: despacio, despacio…llegó a la tienda y pidió un” agua”. El microbús tardaba más de lo previsto, el dueño de la tienda me veía con perspicacia.

Por fin el microbús partió y se desvió del camino, paro un momento, mientras el cobrador le hacía señas para que subiera, se bajó entro a la tienda, no pidió nada y regreso.  No se veía de la frontera los movimientos. El microbús iba lleno y en el segundo asiento le hicieron espacio entre unas mujeres…vamos denle permiso al joven.

—Arranca —le dijo al motorista— y salieron. Raúl trató de calmarse y acomodar, pero quizá por su nerviosismo o a saber qué cara llevaba que las mujeres se cuchicheaban una a otras…como a los 10 minutos de camino grito el motorista. ¡Requisa!

—Ay dios mío —dijeron las mujeres

—Que va a pasar... —ay no. Estallaron en nerviosismo el cobrador las atajo

—Cállense y tranquilos solamente tengan su identificación a mano

Al instante entro un policía

—Carnet en mano dijo

—Y comenzó a pedirlo

Raúl hizo como que se iba a sacar uno, entreteniéndose lo más que podía y el tipo casi encima de él pidiendo los carnets…de pronto se bajó.

—Sigan —dijo.

Las mujeres eran un mar de nervios y Raúl sentía que la respiración se le cortaba.

—Ojalá dijo el cobrador no haya otro reten mientras dirigía a la mirada a Raúl. A Dios gracias llegaron sin percance a la terminal de nueva Ocotepeque cerca del mediodía. Desde allí abordaría el bus hacia San Pedro Sula. Ese era el trayecto más largo y de mayor peligro

Raúl tenía dos opciones irse en un bus que le llamaban especial, sin paradas o irse en un transporte regular que va de pueblo en pueblo. Prefirió este último por el costo y pensando que ello los registros serian menos, además vio subir a un viejo turista gringo y pensó que pudiera interceder o denunciar en caso de que lo capturaran. Era un tipo alto, rubio, fornido, viejo con aire de bonachón. Se llamaba Mike

El bus salió cerca del mediodía y llegaría a San Pedro Sula entrada la noche.

Raúl se acomodó en el mismo asiento del norteamericano y trato de entablar conversación con él, era de unos setenta años, de nariz pronunciada, parecía obrero de fábrica  por el grueso de sus manos y su cuerpo fortachón. Jubilado, le gustaba viajar en estos buses para ver las personas y sus costumbres. Raúl le dijo que venía de El Salvador huyendo de la guerra y que iba donde un amigo en San Pedro. Le dio la mano y se acomodaron en el asiento de atrás.

Como a la hora y media de camino en una curva había a un retén del ejército. El motorista dijo: Bájense todos… Pucha hoy si me jodieron. Ni corriendo puedo salir, no conozco por acá pensó Raúl.

Las manos le sudaban. Los formaron en una sola fila a orilla de la carretera y el teniente que estaba al mando comenzó a pedir a cada uno los documentos y a interrogar a los pasajeros.

Raúl debía buscar una forma de enfrentar aquella situación.  Reacciono saco la billetera y busco un carné de periodista de una cadena radial donde hizo sus prácticas. El próximo domingo —era viernes— jugarían por primera vez en Tegucigalpa la selección de El Salvador y la de Honduras en el proceso de acercamiento que había de los gobiernos por la firma de los acuerdos de paz que estaban desarrollándose.

El teniente se paró frente a Raúl.

—Sus documentos… Le mostró el carné

—Y vos que haces aquí…

—Fíjese mi Teniente que vamos a trasmitir el partido el próximo domingo y yo aprovecho para ir a ver unos parientes en San Pedro Sula

—Ah ya …venís a lo del juego. Se me quedó viendo profundamente mientras el corazón se detenía en mi interior. Puse cara angelical lo mejor que podía

Se tiró la risotada, —¿pero no es invasión? ¿Y el permiso de gobernación?

—Fíjese que todo el equipo lo llevan los compañeros que van vía Tegucigalpa.

—Se me quedó viendo nuevamente auscultándome …parecía una eternidad

—Se dio la vuelta mirando el inicio de la cola, vio al gringo …

—Está bien dijo solamente que te voy a pedir una cosa.

—Si mi teniente

—Narren bien el partido, sin incitar,  no vayan a provocar otro incidente porque  tremenda goleada que les vamos a dar… se rio y le dio una palmada en el hombro

—Siguiente, —dijo

Mike saco el pasaporte y se lo enseñó.

Senquiu mister …tu go

Bueno pueden irse …Y nos subimos al bus

Ya en el bus Raúl no sabía cómo había logrado pasar aquel retén, solo la providencia divina le había guiado y dio gracias al cielo por su ayuda.

Cayendo la tarde, luego de varias horas de camino, ya se veían en el horizonte las luces de San Pedro refulgiendo en aquella planicie. De repente el bus freno bruscamente y fuera de la calzada. Momentos después un soldado subía al bus pidiendo la identificación.

-Saquen su carne dijo.

Raúl andaba llevando una carne de reportero radial donde apuntaba que estaba asignado al departamento de Cabañas, que le servía para identificarse con las autoridades, estaba laminado y a colores. Cuando vio que el soldado estaba pidiendo a todos que se los mostrasen, se levantó y fue a su encuentro y le mostro el carné, y le dijo

—…de Cabañas, lo vio de reojo...a darle una explicación iba cuando el soldado se regresó y bajó del bus.

Mike y Raúl iban en el asiento del fondo.

Posteriormente se enteró que había una comunidad grande que se llamaba cabañas cerca de San Pedro, en honor al general Hondureño Trinidad Cabañas.

—Vaya —se dijo— las cosas de la providencia.

Llegaron al puerto de buses. Raúl no se despejaba de Mike. Serian como la 8 de la noche. En la terminal buscaron una mesita de un comedor. Raúl le dijo al gringo que le esperara y fue a comprar una botellita de Flor de caña.

Raúl sopesaba el próximo paso.  No tenía el teléfono de su amigo, sino que la dirección de la casa de sus papas; así que lo mejor era iniciar la búsqueda en la mañana. Le pregunto a un cobrador de buses si había alguna pensión por allí.

Si por allá hay una, pero hay que tener cuidado, - le dijo-  todas las noches llega la policía a revisar el listado de los que allí se quedan a dormir y a los sospechosos se los llevan dijo viendo a Raúl y al gringo.

Vamos dijo Mike –el gringo-veremos que dicen y allá fueron. Mike pregunto cuanto costaba la habitación; le pidieron el pasaporte y lo anotaron en un libro. Raúl veía desde lejos.

—Mike pidió las llaves y se salió a la calle. No llevaba equipaje.

Vistes dijo en su chapuceado español, no puedes registrarte porque requiere identificación, vete a dar una vuelta y más tarde subes dejare la puerta abierta. Y le dio el número de habitación en la segunda planta.

Raúl se fue a dar una vuelta por allí cerca y a reflexionar un poco, como la mano de la providencia había estado cerca, guardándolo, dándole ideas y valor. Recordó a su madre y el nudo en la garganta se convirtieron en dos gruesas lagrimas que no pudo contener. Se terminó lo que quedaba de la botella y cerca a las diez de la noche subió al cuarto procurando que nadie lo viera. Mike se hizo el dormido, mientras Raúl se acomodaba.

Ya estaba fuera del alcance de sus perseguidores pensó, ahora debía buscar cobijo, refugio y alimentos; mientras veía como continuaba la situación en el país.

Valía la pena todas aquellas angustias se preguntó. ¿Cuantos estaría llorando las muertes de sus seres queridos? ¿Cuantos más huyendo de la represión?

Que terrible la ambición de los hombres por el poder y el dinero. No les importaban los otros seres humanos, solo satisfacer sus apetitos a costa de lo que fuera. Hasta hablar libremente tenían prohibido en su país.

Mientras pensaba arreglaba la cama, el único inconveniente era un fuerte olor a pie descalzo, por lo visto a Mike no le agradaba mucho bañarse; al principio lo soportó, pero mientras pasaban las horas el olor era más insoportable. No podía dormir bien; nervioso y con sobresaltos; la tensión que Raúl se cargaba le impedía conciliar el sueño con el agravante de que Mike comenzó a roncar de manera estrepitosa.

—Yo no sé dijo Raúl si los ángeles toman forma humana, pero a este mi ángel le suda y hieden los pies.

A primera hora de la mañana Raúl se levantó y salió sigilosamente. A Dios gracias era una pensión abierta las 24 horas y no cerraban las puertas, así que salió sin problemas a la dirección que le habían dado: Colonia Aurora calle Libertad # 13. Raúl abordo un bus que decía colonia Aurora y se fue preguntado hasta encontrar la casa, serian como las 7 de la mañana, salió la mamá de Beto y Raúl se identifico pidiendo hablar con Beto, pero Beto no vivía allí se acababa de casar y vivía en una casa residencial en una zona exclusiva, le dieron la dirección.

Raúl se fue para allá tomo un taxi porque a la zona no llegaban buses. Llego a un terreno con gramal un poco extenso, un octavo de manzana diría y en el centro una casa de madera levantada en alto del piso, rodeada de una baranda de madera. Toco el timbre mientras despachaba el taxi…en la puerta apareció Beto en pijama…a Raúl se le ablando el corazón y las lágrimas salieron de sus ojos cálidas y abundantes…había llegado a su destino…Beto salió a recibirle, lo abrazo e invito a pasar…lo que sucedió en esos meses de exilio es parte de la otra historia, pero la primera recomendación de Beto fue no digas Volado, ni Chero para que no te identifiquen.