• Diario Digital | sábado, 24 de agosto de 2019
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“El Gato”

Tenía cerca de 35 años de no verlo y saber de él, nos juntamos al final de la tarde en un café del paseo el Carmen, en la ciudad de las colinas. Mientras le esperaba junto a mi hija, recordaba los rasgos más evidentes de su personalidad: un andar sobrio y elegante, su voz suave, pegajosa y unos hermosos ojos azul profundo, moteados de ribetes verdes y amarillos que le ganaron el sobrenombre que lleva por vida. Felino por fin me dije: aunque lo tiren de espalda siempre cae parado. 

 Apareció de pronto acompañado de un joven escultor, de esas jóvenes promesas del arte que gusta en promover e impulsar. 

Hablamos de todo arrebatadamente, como si el tiempo que nos tocó vivir se fuera a escapar de nuestras mentes. Él fue uno de los jóvenes talentos que acompaño los sueños del Ministro Béneke con la reforma educativa y se unió con la inolvidable labor de Don Carlos de Sola en la Dirección General de Cultura, antes del golpe de estado de 1979.  Don Carlos había estudiado en Inglaterra y tenía una clara concepción de la cultura para el desarrollo de los pueblos. Su última misión aquí en la tierra.  

En medio de la dictadura militar había una fuerte corriente de rescate cultural de nuestras raíces, sub yacente a la “política cultural” del General  Martínez (1933.) 

Antes del conflicto armado, los jóvenes  artistas e intelectuales, apoyaban el surgimiento de un movimiento nacionalista con pasión  por la patria y en ella el amor a los pobres y más necesitados. Con equidad, justicia y búsqueda de oportunidades para todos, especialmente para los originarios excluidos y explotados. Eso no era Marxismo, Comunismo, Capitalismo o  Neoliberalismo;  era amor y defensa del terruño, de lo propio, de lo nuestro. 

Esa visión y esa tozudez de conservarse en el filo de la navaja le costó la vida, no la muerte: vapuleado, perseguido, excluido por pensar y actuar diferente, fue víctima de las circunstancias, con alevosía y desventaja. Durante la junta revolucionaria y luego en la Presidencia del Ing. Duarte se le  veía como un estrecho colaborador del  antiguo régimen. Luego del 86 con el proyecto neoliberal,  se le estigmatizo del gobierno, por haber participado con los “sandias” como decía el Mayor: “Verdes por fuera y rojos por dentro”. 

En ese lapso de tiempo, de conversación en el café, nos dio por acordarnos de nuestros conocidos  de aquella época. Allí perdió el sentido, a cada recuerdo de uno de los suyos, víctimas de la injusticia o alcanzados por la muerte, sus azules ojos, ahora opacos y tristes, se llenaban de lágrimas  y con una vehemencia inusual, levantaba la cabeza y volvía hablar de los sueños de libertad y progreso que todavía le muerden el alma.  

A pesar de la traición y el desprecio de los que supone deberían de haberlo protegido y defendido, él, que expuso su vida y profesión y la de su familia,  ve el país con pesadumbre y decepción.   

Me contó tantas cosas en un corto tiempo, que sus pensamientos se arrebataban en un afán de vaciar la historia de su alma. Sin una pensión del Estado, vive humildemente al lado de su familia, haciendo arte; cerámica, pintura, escribe y sueña. El sufrimiento ha hecho lo suyo en su cuerpo y en su espíritu…cuando salí del café, sentí que me ahogaba, creí que había enterrado para siempre los recuerdos, sin embargo llegue a la conclusión que a pesar de todo lo que fue y será, seguimos amando a este pedazo de tierra y a nuestra gente.