• Diario Digital | miércoles, 26 de febrero de 2020
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El chisme como expresión de la estupidez  de los involucionados culturales

“La cantidad de rumores que un hombre puede soportar, es inversamente proporcional a su inteligencia”. Arthur Schopenhauer 
El chisme como expresión de la estupidez  de los involucionados culturales

Si tu inteligencia disfruta otro nivel, el rumor te será inaceptable. El chisme es un virus social. Una expresión baja de las sociedades actuales y de las masas ignorantes. Se basa en la construcción de ideas, las cuales son esparcidas por diferentes formas de comunicación con la intensión de deslegitimar a cualquier persona. 

Representa una acción ruin y las personas que se alimenten de él, pertenecen a uno de los segmentos más pobres en el ámbito humano e intelectual básico.  Aquellos que viven del chisme no tiene diferenciación de género como el machismo cultural quiere demostrar. Se muestra a una mujer siempre como el ejemplo de la persona chismosa y esto no es así. Las debilidades humanas no son influidas por el género, orientación sexual, raza, religión, nivel cultural o clases social. Eso sí un ser humano que ha desarrollado mayores niveles de ética social y cultural sumado a una evolución crítica intelectual no participará de estas dinámicas. 

No existe una persona que no haya comentado de otro en alguna fracción de su vida. El problema se plantea cuando se transforma en una costumbre constante de algún individuo y un deporte nacional público de las masas. Recordemos que la involución cultural se ha ido expandiendo por las sociedades modernas fundando un nuevo tipo de masa ignorante que tiene acceso a la información pero no hace un uso constructivo para ellos mismo ni para su colectividad. 

Retomando el ejemplo del chismoso, este inventa rumores cuando su vida personal no tiene ninguna realidad interesante al momento de interactuar en un círculo social. Es decir, se alimentan de la vida de otros. Pueden poseer un entorno interesante, mas no se dan cuenta de este, y consideran mucho más agradable prestar un constante interés a la acciones de terceras personas para después transmitirlas con la exageración más oscura y destructiva por un megáfono conectado a su boca.

¿Cómo detener a los chismosos? No se puede lamentablemente. Vivimos en sociedades donde su accionar ya es aceptado por el sistema de valores y hasta considerado como una forma de expresión cultural la cual podemos ver en algunos autodefinidos “influencers”. 

Día tras día, grandes sectores de las masas encienden los televisores para exponerse a programas de la vida personal de otros. Esto alimenta su morbo particular y convierte esta actividad humana en algo absolutamente básico para su cultura. Los chismosos renovados  hoy en día se autodenominan “influencers” un nuevo estilo de parasitismo social que emergen en la era de las redes sociales y contribuyen al chismorreo como un expresión  cultural no siendo más que una forma de ignorancia aceptada por una comunidad cada día más embrutecida por la búsqueda de la aprobación virtual.  

La mentira transforma el chisme en difamación y en ofensa particular encubierta en la libertad de expresión. De esa forma, comienza a introducirse al ámbito político. Una pieza esencial del discurso demagogo que puede desarrollar las más increíbles historias falsas para enlodar la imagen de un opositor ideológico. 

He ahí la problemática del chisme. Contamina los sectores sociales con creaciones fantásticas y no hay forma de detenerlo, ya que enfrentarlo es visto como un atentado contra una falsa definición de las libertades democráticas relacionadas a opinar. 

Las mentes evolucionadas en su humanismo siempre tendrán que estar expuestas a este tipo de situaciones de rumores falseados, y es aquí donde se debe ser infalible en la respuesta. Existen dos opciones: ignorar la afrenta y permitir que se diluya como las aguas negras en el mar, o enfrentar a los creadores de estos rumores. 

Ninguna persona debe perdonar una ofensa baja cuando toca dos aspectos: el honor de la familia y su dignidad como ser humano. Pues permitirá dar luz verde para seguir en bocas de estos sectores rastreros y sin respeto por la vida privada. 

Jugar con el honor puede llevar a pagar un precio muy alto. El chismoso es un cobarde y cuando se le enfrenta con la menor diplomacia posible solo le queda salir corriendo o gruñir en voz baja. Decir las cosas de frente los desmorona y les quita esa máscara de falsedad. 

Recuerdo bien un día que un chismoso se sentó junto a mí y comenzó a contarme una historia de andanzas en el mundo de las drogas que según él habíamos vivido juntos. Pensé además de ser un chisme y difamación el tipo me lo está contando con una convicción total de que sucedió. Ahí me di cuenta que la estupidez y la ignorancia es una forma de vida y una estructura mental de algunos. 

En la actualidad, con la irrupción de las redes sociales, los habladores disfrutan una fuente inagotable de información para inventar y nutrir sus huecas conversaciones en reuniones o simples tertulias junto a sus clanes. 

El murmurador se siente cómodo sobre la base de la ignorancia cultural. Sus hábitos no cruzan el limbo del salón de belleza, spa, bar, o algún antro. Su lengua insidiosa les permite ser simpáticos, y como en cualquier circo, se convierten en los lobos alfas de grupos adoradores del rumor. 

Todavía puede pasarse por alto en la juventud esta conducta, pues existe un nivel de inmadurez. Cuando la edad es avanzada, resultan vergonzosas y decadentes estas acciones. 

Un chismoso siempre será eso, no cambiará, simplemente uno puede pararse frente a ellos y dejar ciertos argumentos verbales para no buscar aconsejarlos, sino por el gozo particular de expresar unas cuentas verdades y que tengan una razón para abrir la boca. 

El límite lo trazamos nosotros y nuestra obligación como miembros de una comunidad es diferenciarnos de estos sectores, pues es mejor quedar de oveja negra que de borregos que rumean mentiras o verdades a medias a una audiencia. 

Claro que nos llevará a una situación muy incómoda, pero después nos sentiremos que hemos puesto esa frontera armada, la cual hará pensar dos veces antes de transformarnos en víctima de la sucia cultura del chisme. 

La imagen de los tres monos —Mizaru, Kikazaru e Iwazaru— con sus manos sobre la boca, los ojos y la oídos, podrían expresar la idea central de una conducta ética de no ver, no oír y no decir lo que no nos importa y es el regalo simbólico para los que desean vivir metidos en la existencias de otros sin ser invitados.