• Diario Digital | viernes, 18 de septiembre de 2020
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La falsa depresión

La falsa depresión

En la última década, sufrir de trastornos depresivos se ha convertido en una especie de moda en ciertos estamentos de la sociedad. Una especie de nueva máscara para llamar la atención y diferenciarse en una estructura social cada día más aburrida. Una pose de tristeza para chantajear a otros en el aspecto psicológico y un autoengaño sobre la crisis existencial global.

La verdadera depresión existencial

La depresión mata a miles de personas presas de la actual crisis del sistema. La falta de oportunidades para salir de la oscuridad ha puesto a la mayoría de seres humanos en la línea de pobreza relativa y absoluta. Millones viven, en continentes como en África, América Latina y Asia, comiendo basura o de la limosna solidaria, sin ninguna oportunidad de obtener lo más básico como es salud, educación, vivienda, agua, alimentación o el derecho a una muerte digna. Una verdadera razón para ser objeto de la desesperación.

La existencia humana está sumergida en un abandono donde la ley del más fuerte es la regla. Los sobrevivientes son aquellos que recurren al canibalismo sobre los demás. Se condena a una mentira de falsa moralidad social y religiosa para dar un poco de anestesia y seguir funcionando, mientras unas camarillas continúan engañando sobre un mañana igualitario o más justo.

Crisis tras crisis, se sigue tratando de minimizar la realidad aplastante con el único objetivo de hacer funcionar una maquinaria oxidada y parchada con los gritos en silencio de millones de hombres, mujeres y niños víctimas de las injusticias sociales. La pobreza absoluta y la falta de oportunidades se recuerdan tan solo para escribir eslóganes de campañas de propaganda o de movimientos sociales que no dan frutos de cambio real. Si existiera una voluntad realista de querer modificar la desesperanza, se dijera la verdad a las masas afectadas en los países más abandonados y sin petróleo.

La solución se basa en vender un estilo de vida ilusorio en la publicidad y crear falsas metas que la mayoría de la humanidad no lograrán, solo si es por medio de un milagro de generosidad inexistente en los grupos con el verdadero poder de cambio.

En medio de todo esta barbarie y abandono, por supuesto que se tiene derecho a estar realmente muy deprimido. Levantarse en la mañana y pensar que el día se vivirá sin un destino digno es el mejor aliciente para tener una postura de depresión constante que ni la televisión, y ni aún los medicamentos podrán sacar de la mente.

Cómo poder funcionar normalmente en el aspecto psicológico, conociendo que la realidad aplastante no quiere ser modificada solo maquillada para crear falsas esperanzas. Hay que estar bastante loco para no darse cuenta del engaño.

Una vida de telenovela

La felicidad es más divertida al estar sumergido en la falta de conocimiento del entorno. Por supuesto que la posición de comodidad, en esa zona cálida de vida alienada, permite sonreír y pensar que la crisis mundial es parte de una realidad muy apartada, muy lejana, casi intocable.

Ahora la dramatización de la vida ha sido manejada como una herramienta publicitaria para ganar encabezados en los medios de comunicación. La casta de la farándula sabe bien que no hay mejor forma de destacar en la actualidad como un buen intento de suicidio por ejemplo o un “mea culpa” frente a las cámaras de la televisión global. Sus mensajes llegan a quienes buscan parecerse a sus ídolos y terminan contagiados con esta moda de dolor irreal.

Estas personas juegan con una enfermedad que afecta a miles en la actualidad. Ellos no son víctimas de violencia social,  pobreza extrema,  pérdida de trabajo,  desempleo,  marginación social o discriminación de cualquier tipo, estos falsos deprimidos simplemente usan este padecimiento para generar manipulación. Viven en  una tristeza egoísta derivada de no poder cambiar su auto por uno del año; por tener que enfrentar sus responsabilidades sociales como pagar impuestos; el mal resultado de una dieta, la cual no les permitió vestirte con un lindo atuendo; resentimientos emocionales por no poder tener el esposo perfecto en una sociedad de apariencias; o, tan solo, un estrategia para ser el centro de atención en sus familias.

Repiten, en cada reunión social, sus aburridas quejas en un afán de ganar el puesto del más deprimido, como un certamen de belleza. Narran sobre sus citas con el mejor psicoanalista para curarse de esa tristeza por no tener más de lo que ya poseen. Se enojan cuando se les menciona sobre soluciones lógicas como sería salir del entorno al poseer toda la capacidad adquisitiva para ello, dejar a la pareja que no cumple sus expectativas sociales o financieras o quitarse la máscara de falsedad, la cual les presiona el zapato.

Esta gente no está deprimida, solo están aburridas. Su tedio es por la falta de degustar la verdadera causa de una crisis de existencia. El egocentrismo les ha dado la ceguera suficiente para pensar solo en sus problemillas  que son un mal chiste para el mismo diagnóstico de dicha enfermedad.

Su depresión es un insulto a los problemas mentales de otras personas; una ridiculización de situaciones existenciales de las pobres desdichadas y desamparadas víctimas de un sistema que los termina sacando de la realidad y llevándolos al mismísimo abismo del suicidio.

Tan solo lloran debido a situaciones superfluas personales. Su cero capacidad de solidaridad con los verdaderos herederos de la depresión mundial es un asunto que nunca les importará.  Solo cuando la realidad social hunda su puño en su puerta puede que les provoque, no una depresión, sino un ataque de neurosis y paranoia sin cura con medicamentos.