• Diario Digital | viernes, 18 de junio de 2021
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Trump y la revuelta de los bastardos

Trump y la revuelta de los bastardos

Vemos en una escena de película a un tipo con una especie de sombrero de bisonte, los cachos sobresalen y combinan  con su cara pintada con colores de la bandera de EE.UU., otro con la bandera confederada y ropa militar y un barbudo con una camiseta antisemita exaltando al campo de exterminio nazi de Auschwitz. Crece la imagen para llegar a un plano general de un grupo que entra al Capitolio con armas y con gritos a favor del caudillo blanco Donald Trump. Esto no es un remake de las películas  Mad Max,  ni una serie de la cadena History de Hillbillis (no usaré el término “redneck” por ser peyorativo) masacrando patos, castores y venados.  Y menos una película dirigida por Tarantino parecida a Bastardos sin gloria. Esto es la vida real. La realidad de una sociedad humana donde la ignorancia y fanatismo han tomado las calles y que junto a la pestilencia de la Covid-19 nos ha llevado a vivir los peores años de la historia de la humanidad.

Es la revuelta de los bastardos, de aquellos que se sienten hijos marginados e ilegítimos   de la grandeza del país más poderoso del mundo.  Según ellos son las víctimas de leyes y cambios de visión política  donde su grandeza pasada es vista como basura. Son los perdedores de la guerra civil y los que están en la línea más básica del razonamiento crítico. Aquellos que lloran de la emoción con la película “Gone with the Wind” y “The Birth of a Nation”. Una tierra perfecta para sembrar y cosechar lo que Donald Trump usa en su forma de hacer política: El odio.  

Una vez que nos damos cuenta que todo lo malo de la humanidad ha reventado el inodoro e infecta con su hedor a todos los estratos de la sociedad a nivel global, es momento de tomar una posición clara contra el extremismo de derecha y de izquierda. El caso del terrorismo blanco debe ser criticado como las acciones de terror de islamistas del ISIS o de grupos terroristas en América Latina. No se puede señalar con un dedo solo a unos, sino a todos esos sectores fanáticos que están llevando al caos mundial reviviendo  el discurso de odio que Hitler usó  para crear una sociedad donde el otro será siempre el enemigo a quien se debe destruir. 

El caso puntual para analizar este tema es la revuelta de los seguidores de Donald Trump y la toma del Capitolio. Hay que agradecerle a Trump pues con su discurso de odio reveló una realidad subterránea que vivía en la sociedad de Estados Unidos. El racismo, la xenofobia y el antisemitismo siempre han estado sembrados en diversas capas de ese país. Trump solo tapó el inodoro con sus discursos de odio  y permitió que se rebalsará con intenciones de dañar al país y mostrar una nación dividida donde él sería el salvador. 

Si retomamos el análisis de Carl Schmitt sobre lo político y la relación amigo-enemigo entramos al  dilema schmittiano donde cobra vida y ritmo en cualquier régimen totalitario. El criterio amigo-enemigo exige el enfrentamiento permanente y el uso de la violencia hasta que se derrote al rival. No se plantea el reconocimiento del otro y si ocurre es como parte de una estrategia de largo aliento. El alemán afirma que la noción amigo-enemigo constituye la esencia de lo político y que “Hoy día el enemigo constituye el concepto primario [en lo político] por referencia a la guerra”.

De esta forma, quien no es amigo es enemigo; a este último hay que desarmarlo, someterlo, reducirlo y liquidarlo, ya que  lo exige la necesidad de la política. Estas categorías schmittianas diseñadas inicialmente para darle base teórica al nazismo se pueden aplicar a los estalinistas, castristas y los populismos de derecha donde se sitúa la visión de Donald Trump.    

Hay que dejar claro que Trump ni siquiera ha sido apoyado por el presidente George W. Bush y menos tiene el respaldo de la mayoría de los republicanos en este momento y si estos quieren salvar su partido  del desgaste deberán alejarse de la esfera del caudillo Trump  lo antes posible. Permitir entrar a Trump fue el gran error de los liderazgos del partido del elefante. Algo parecido le pasó al Partido Demócrata al abrir su círculo  a extremistas de izquierda como Alexandria Ocasio-Cortez, Rashida Tlaib, Ayanna Pressley e Ihlan Omar, quienes deberían estar en un partido de extrema izquierda, pero como no existe ninguno han aprovechado la coyuntura de lo políticamente correcto y de la tendencia a pensar que si son feministas lo harán todo bien. Lo que han logrado fue radicalizar al partido de Biden y convertirse el enemigo perfecto para los otros extremistas de derecha. Por eso Trump trató de apurar los pactos de algunos países árabes con Israel. 

Este grupo es para sectores más reaccionarios de derecha los “comunistas” que quieren implementar un estado al estilo cubano-venezolano. Esta idea conspirativa fue la que aprovechó Trump para construir un discurso basado en el miedo al socialismo, siendo que el partido demócrata ha tenido a presidentes de alto nivel conservador e intervencionistas en su listado. El caso de Kennedy que estuvo atrás de la invasión de bahía Cochinos en busca de derrocar a Fidel Castro es un ejemplo que entre republicanos y demócratas solo hay diferencia en el discurso interno. Otro ejemplo es Obama en Siria donde apoyó a la alianza que ha dejado a ese país en total caos social y político. 

La intentona autogolpista de un grupo de terroristas supremacistas blancos deja claro que el odio racial y político es un arma efectiva para ganar poder.  EE.UU. tiene un problema serio con Donald Trump. Este ha edificado su soporte entre grupos ultranacionalistas que están armados hasta los dientes  y han visto como enemigo al poder federal de Washington por décadas. 

El perfil de estos reaccionarios es el mismo  de Timothy McVeigh y Terry Nichols, quienes fueron condenados por el atentado terrorista  de Oklahoma City  con explosivos perpetrado en 1995, Esta acción  tuvo como blanco el Edificio Federal Alfred P. Murrah donde murieron 168 personas. 

La intensión del aparato de propaganda de Trump es  crear la división de EE.UU. de una forma efectiva para destruir la unión de ese país a nivel social y posiblemente territorial. Desde el enfoque populista, trabajar en la mente de las masas ha resultado perfecto ya que sus acciones para desestabilizar al EE.UU. han resultado efectivas. 

¿Cómo son los reaccionarios que apoyan a Trump? 

Timothy McVeigh hubiera sido seguidor de Trump, un ultranacionalista resentido con el poder federal y con serios problemas de narcicismo y paranoia según los profesionales en salud mental que lo analizaron. Y al ver las imágenes de la intentona golpista al estilo país bananero en el Capitolio, queda claro el nivel racional de los seguidores de Trump. Solo basta con leer, en las redes sociales a su ejército de defensores, se muestra un perfil del tipo de alienación que los une. El odio se detiene cuando llega a mentes no infectadas por el fanatismo. Los razonamientos del hombre humanista y crítico social saben separar las conspiraciones y teorías locas de la realidad social, política y económica. Estas personas no lo hacen. El seguidor de extrema derecha odia por igual a negros, judíos, latinos, árabes, feministas y cualquier otro grupo que invada según ellos su espacio nacional conquistado a los nativos, después recuperado a los invasores ingleses y  a sus valores fanáticos religiosos y morales. 

Los seguidores de Trump son los patriotas de pacotilla, los farsantes antivacunas, los ignorantes terraplanistas y la suma de esto nos da a un ente anticomunista y antisistema que armados pueden cometer cualquier abuso. Los racistas y xenófobos que escupen al inmigrante pobre son los que aplauden los comentarios emocionales incendiarios. Estos son los básicos de la sociedad, los que creen que los comunistas están en todos lados y son cualquiera que no piensa como ellos o hable de justicia social. Asumen que el crítico social que  tiene un discurso humanista ya es defensor de la dictadura chavista o el régimen violador de derechos humanos de China.

El latino pro-Trump

También cabe mencionar a los latinos pro-Trump. Si existe algo aberrante desde el enfoque sociológico y psicosocial son los latinos que apoyan a Trump. Contra cualquier predicción existen estos grupos en EE.UU. y también en América Latina. Una vez conversé con un amigo que emigró a EE.UU. en 1988, conversamos y me decía que los inmigrantes eran un problema, que violaban la ley al cruzar la frontera como ilegales, que vivían del Estado y que la mayoría eran delincuentes y pandilleros en especial los que iban de Centroamérica. Su posición me pareció incongruente pues él es un latino y parece latino. No existe ninguna característica racial que lo puede hacer pasar como un norteamericano de décima generación de ascendencia inglesa, irlandesa o alemana. Nada lo podía ligar a esos grupos, no obstante, su fanatismo por Trump y por las armas era notorio y su anti-comunismo también. Odiaba a las feministas por el tema del aborto y los homosexuales por la falta de valores que para él representaba que se casaran. Yo solo lo escuchaba y pensaba que mejor lo dejaba a hablar. Estábamos en un barra show a donde me había invitado a tomar un trago lo cual me parecía más folclórico y extraño. Hablando de valores en un lugar como ese ¡Genial! Después regresó a EE.UU. y lo veía publicar en Facebook todas las fake news que defendían  a Trump y su visión ultranacionalista. 

Mi amigo fue víctima de sus emociones y de querer sentirse integrado a esos grupos de bravucones y moralistas. Su anti-comunismo lo hacía pensar que Donald Trump era un Ronald Reagan lo cual no era así en lo absoluto y era un insulto sin duda para Reagan. Reagan fue el presidente que realmente combatió el comunismo y el socialismo en todas sus esferas. No tenía un discurso racista y sus acciones pueden ser criticadas pero sabía lo que hacía en un mundo bipolar enfrentado en la Guerra Fría. Trump es como un  millennial que solo es un bocón por redes sociales  y que a la hora de actuar no hace nada.  Dejó que se le subieran encima Vladímir Putin y Tayyip Erdoğan y jamás pudo parar a Corea del Norte y menos a China en el tema de violación de derechos humanos. Dejó enquistarse más a la dictadura de Maduro y permitió que Irán siguiera con su carrera por tener poderío nuclear lo cual sería un peligro para todo Oriente Medio y especial para Israel. Donald Trump deja como legado un país dividido y una sociedad en crisis por la pandemia de la Covid-19 y el racismo. 

“White trash”  

Trump incitó a insurrección armada contra el gobierno electo democráticamente sabiendo que su discurso de odio cala muy bien en los fanáticos. Aprendió bien como jugar a la política con argucias conspirativas. De esa forma mantiene unidos a estos grupos de choque donde hay neonazis, miembros del  Ku Klux Klan, grupos regionalistas separatistas  y defensores de la legalidad de uso armas. Lo que hay que remarcar es que  muchas de estas personas no son miembros de alguna organización como el KKK. Son simplemente resentidos sociales de derecha que los une cualquier discurso que culpe a   otros de su falta de oportunidades. Individuos afectados por la falta de empleo o que han visto que son considerados marginales. Lo que algunos despectivamente llaman “white trash”. En esto sectores es que Trump supo trabajar con su propaganda de odio. El resultado fueron estas manifestaciones con estos grupos de choque con la actitud bravucona que adora Trump.  

EE.UU. ahora vive lo que muchos países del mundo han experimentado con crisis sociales de este tipo y con un conflicto de índole racial mezclado con lo político. Esto continuará durante todo la administración de Biden hasta llegar al 2024 donde Donald Trump buscará ganar de nuevo llevando nuevamente el populismo racista al poder. Y, posiblemente,  así será pues la gente no tiene memoria histórica y al final vivimos en tiempos donde el odio, el desprecio y falta de empatía hacia el otro es la esencia del ser humano en decadencia.