• Diario Digital | Sábado, 03 de Diciembre de 2016
  • Actualizado 09:35

Anestesia popular

 
Anestesia popular

Cuando la corrupción se ha apoderado tanto del ADN de una sociedad, y esta última ni siquiera se inmuta, no palidece, no se enfurece al ver que funcionarios se hartan en riquezas mal habidas y fabricadas en la oscuridad con el dinero de la gente, cobrando miles y miles en sobres cerrados por debajo de la mesa o en abrazos etílicos de dinero desviado de los contribuyentes, o favoreciendo a fundaciones de esposas y cercanos con cientos de miles de dólares —en un connubio de prebendas políticas entre partidos—, o pagando joyas y hoteles de lujo con dinero de instituciones públicas, o haciendo crecer exponencialmente su patrimonio, y se compran ranchitos en la playa, casas en el volcán, pagan hasta el colegio caro del júnior en el extranjero, o hacen crecer sus empresas en millones y millones sin un ápice de cargo moral en la espalda, anclados en la confianza en ese sistema que los vio nacer y que les permite tener paz durante años...; cuando cada vez son más los funcionarios que reconocemos como viles, astrosos, infaustos, abyectos, fétidos, destapados por el periodismo o por la justicia, cuya esencia ideológica está untada de heces, de intereses personales, con ánimos de acceder a placeres vanos de la burguesía, sin importar que en público hablen de socialismo, de liberalismo o neoliberalismo, sin importar nada; cuando todo eso sucede y la sociedad sigue su andar en parsimonia rastrera, anestesiada hasta el tuétano para no salir a gritar a la calle —porque, al fin y al cabo, los gritones de antes hoy son movimientos sin credibilidad, títeres de partidos—; cuando vemos la miserable forma de quebrantar las arcas de un país endeudado, pobre, que no tiene ni para pagarle a los pensionados, que colapsó hace ratos financieramente, pero no nos dignamos en intentar siquiera apagar un poco ese incendio, sino que solo nos recostamos a ver el tiempo pasar, adheridos a nuestra calcomanía de concepto de ciudadanía en el que por no robar y pagar impuestos creemos estar cumpliendo nuestro papel histórico; cuando todo esto sucede, cuando vegetamos en la parsimonia del que no se ve afectado, esa mediocridad en la expresión ciudadana que nos corroe, entonces nos convertimos, sí, en parte del problema, en una parte sustancial de la desgracia de país que tenemos; y nuestros hijos y nuestros nietos nos cobrarán, por lo menos desde lo simbólico, por habernos echado a pastar como reses que viven en la paz de los montarrascalas hasta que las llevan al matadero.