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"Yo estuve a la par de Romero sosteniendo el teléfono cuando dijo: ‘Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!’”

Jaime García fue secretario de monseñor Romero y un entrañable amigo de él. En esta plática con El Salvador TIMES cuenta algunas de las vivencias del ahora beato y cómo vivió la última homilía del arzobispo.

Jaime García
Jaime García ahora es miembro de la Concertación Nacional Monseñor Romero y continúa activo en las comunidades.
"Yo estuve a la par de Romero sosteniendo el teléfono cuando dijo: ‘Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!’”

La mañana del domingo 21 de marzo de 1980, Jaime García, estaba a la diestra de monseñor Óscar Arnulfo Romero sosteniendo un teléfono que permitía que todo el país oyera a través de la radio las palabras más famosas del arzobispo: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”.

Jaime sabía lo que esas palabras significaban en aquel El Salvador convulsivo a inicio de los ochenta. Su piel se erizó y solo pudo pensar para sí mismo: “Dios mío, no permitas que lo maten, por favor que no lo maten”.

Pocos días después, su temor se haría realidad. Supo que esas palabras eran el clímax de las denuncias que había realizado el arzobispo de San Salvador desde el púlpito por las injusticias que se cometían en medio de la cruenta guerra que recién empezada entre el Ejército y una incipiente fuerza revolucionaria.

Esa última homilía que dictó Romero desde la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús jamás la va a olvidar Jaime, porque asegura que vio en el arzobispo ese día a Dios mismo hablar. “En ese momento, siento yo que no era monseñor, era la energía de Dios que se había posicionado de él”, dijo conmocionado al recordar esas apalabras.

“En ese momento, siento yo que no era monseñor, era la energía de Dios que se había posicionado de él”

Recuerda como Romero sudaba, lloraba, gritaba y cada palabra llevaba un sentido de verdad y denuncia en él. “Yo sentía que de él salía una energía que me atraía hacia él y yo me tenía que detener para no golpearlo con el teléfono o caerle encima”, recordó.

Jaime conoció a monseñor Romero varios años atrás. Él era miembro de las comunidades eclesiales de base en la zona de la Zacamil allá por el año 1977, cuando él a penas tenía 19 años y Romero era arzobispo auxiliar de San Salvador.

En aquel momento, Romero no era el mismo que pronunció aquellas palabras, era un Romero alejado de la gente y con posturas más conservadoras. Llegó a ofrecer una misa en Zacamil y frente a todos los curas de la zona de Mejicanos los acuso de ser guerrilleros. “Ustedes no saben que es ser iglesia”, les cuestionó.

Los sacerdotes molestos, se quitaron la sotana y abandonaron el lugar. Jaime se sintió ofendido, pero el mismo destino los volvería a encontrar.

El parteaguas en la vida de Romero fue el asesinato del padre Rutilio Grande y luego de eso incluso regresó a Zacamil a pedirle perdón a toda la comunidad. Jaime recuerda con cariño la humildad de ese hombre que luego se convertiría en su amigo.

De secretario a amigo

Otra muerte terminó sellando esta amistad entrañable. El primo de Jaime, el padre Ernesto Barrera, fue secuestrado, torturado y asesinado. Al entierro llegó Romero y fue cuando se enteró que Jaime era primero de este sacerdote asesinado.

Al tiempo, la comunidad de Mejicanos pidió audiencia con el arzobispo para cambiar al obispo y poner al coordinador. Y aunque ellos ya llevaban la propuesta de quiénes serían, Romero no estuvo de acuerdo: “ustedes ya propusieron, pero yo de dedo propongo a Jaime y él va a ser el coordinador”, sentenció.

Desde entonces, caminaron más de cerca. Con el tiempo, Romero necesitó quien le colaborara en su despacho personal y el nombre de Jaime volvió a sonar. Estuvo un mes a su diestra ayudándole, cuando decidió mandarlo becado a Costa Rica a estudiar administración y ciencias políticas en el Departamento Ecuménico de ese país.

Estando ahí, maduró la idea de entrar al seminario. Al solo poner un pie en El Salvador, ingresó al seminario como externo, pues continuó sus estudios en la Universidad de El Salvador de ingeniería mecánica.

Cuando Romero se lo encontró en los pasillos del seminario su sorpresa fue grande y grata. Aquel joven que había sido su secretario ahora buscaba el camino del sacerdocio. De inmediato, le dio el respaldo y todo su apoyo.

“Yo sentía que de él salía una energía que me atraía hacia él y yo me tenía que detener para no golpearlo con el teléfono o caerle encima”

Durante todo el tiempo que estuvo Jaime en el seminario, no había podido llegar a servir en una misa con Romero y por los designios de Dios, en la última misa dominical fue él quien lo asistió.

La última misa y el abrazo más entrañable

Para esa ocasión tan especial, Romero le había obsequiado a Jaime una sotana y un cincho nuevo. Ese domingo llegó temprano y cambiándose estaba cuando el arzobispo llegó.

Recuerda como la gente se arremolinó a su lado. Los niños le jalaban la sotana y querían abrazarlo, oírlo, sentirlo. La algarabía se sentía en el lugar. Toda la gente se le acercaba para tener su bendición, para abrazarlo.

Luego, Romero vio que Jaime aún estaba vistiéndose. Se le acercó y al ver que le costaba se puso a reír y lo abrazó. “Así te quería ver, gracias por estar conmigo”, le dijo. En ese momento, llegó María Julia Castillo a interrumpirlos y le comentó que horas atrás había habido unas masacres.

Jaime recuerda como la cara de monseñor pasó de la alegría al dolor profundo. Aquellas sonrisas de los niños habían cambiado a enojo y fue el detonante de esa homilía en la que Romero denunció y exigió, como nunca, que dejarán de matar.

“Fue decisión de Dios que yo acompañara a monseñor Romero y eso me cambió la vida, ver ahora la perspectiva de la gente”

Al terminar la misa, Romero le pidió a Jaime que lo acompañara a Chalatenango, pero este ya no podía. Debía regresar a su comunidad. Cuando piensa en este momento ansía volver estar ahí y haber aceptado. “No me imagino todo lo que pudimos haber hablado”, dice con los ojos vidriosos.

La mañana del 24 de marzo. Jaime llegó al seminario 15 minutos antes de las 7 y Romero lo estaba esperando. Le pidió que esa noche se quedara en el seminario pues tendrían una reunión con los seminaristas mayores en la que quería que estuviera presente. Lo abrazo fuertemente y le dijo al oído: “En la noche cenamos juntos”.  Ya no hubo cena ni más abrazos.

Al finalizar la misa en el seminario, monseñor Gregorio Rosa Chávez, les anunció a todos que había habido un atentado en contra de Romero. A Jaime se le hizo chiquito el corazón. Agarró sus cosas y a salir iba del seminario cuando vio a una de las secretarias llorando: “¿Murió, verdad?”, le preguntó. “Sí, Jaime, murió”. Lloraron.

Desde entonces hacia acá, Jaime se siente agradecido con la oportunidad que tuvo de servir al lado de monseñor, de conocerlo, de estar de cerca. Jaime ya no pudo continuar con el seminario, pero las enseñanzas de Romero en su vida son imborrables.

“Fue decisión de Dios que yo acompañara a monseñor Romero y eso me cambió la vida, ver ahora la perspectiva de la gente”, valoró.

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