• Diario Digital | domingo, 12 de julio de 2020
  • Actualizado 19:10

Caravanas I

De pronto, un grupo de miembros de la “patrulla fronteriza” salvadoreña liderado por un funcionario “de sus máximas autoridades” nos interrumpió. Los agentes migratorios —que entre millones de migrantes irregulares en el corredor norteño es apodada como “la migra”— nos pidieron nuestros documentos.

We sail 

through endless skies

stars shine like eyes

the black night sighs

 

(Black Sabbath) 

 

En consecuencia, es obligación del Estado asegurar a los habitantes de la República, el goce de la libertad, la salud, la cultura, el bienestar económico y la justicia social.

(Artículo 1 de la constitución política de El Salvador)

 

1. Una caravana anunciada y un comisario de Trump en la migra salvadoreña

El pasado 19 de enero me desplacé a la Plaza Salvador del Mundo para observar de cerca la nueva caravana de salvadoreños que se empezó a organizar algunos días antes y que partiría la mañana siguiente rumbo a los Estados Unidos. Al llegar a eso de las 10 de la noche, pude observar dispersos por la glorieta una veintena de personas que aparentaban ser integrantes de la caravana , la mayoría jóvenes. Al norte de la explanada, otro grupo de jóvenes motociclistas se enfrascaba en sus habituales tertulias nocturnas.

Después de unos veinte minutos sondeando el panorama me aproximé a un grupo de cinco jóvenes con pinta de integrar la caravana convocada. Alguien más, otro hombre, tal vez de unos treinta años se adelantó. En cuestión de minutos él hacía una oración, mientras los jóvenes, tomados de las manos y yo con mi cabeza inclinada seguíamos el rezo. Denotando mucho respeto y gran capacidad oratoria y conocimiento bíblico, el pastor realizó una pequeña prédica y luego una reflexión, al final de la cual preguntó a los jóvenes “si aceptaban a Cristo”. Todos asintieron, excepto uno. Entonces el pastor le preguntó de manera afable por qué no había aceptado a Cristo, a lo que el joven respondió, también afable y respetuosamente: “Porque no estoy seguro”.

Inmediatamente después de que el religioso se despidió, un hombre de unos 50 años y con alto grado de embriaguez se aproximó y les ofreció a los muchachos ser su líder durante el trayecto. Sin ser agresivos o burlones, los jóvenes reaccionaron evasivos, con lo cual el tipo se alejó. 

Una vez se alejó el borracho me presenté discretamente ante los jóvenes. Dándoles confianza empecé a aconsejarlos sobre los peligros a los que se enfrentaban —con el conocimiento de que el ser humano es un animal aventurero por naturaleza—, advirtiéndoles que si entre ellos había algún menor de edad, que mejor desistiera del lance, diferentes autoridades migratorias les impedirían cruzar las fronteras, a menos que tuviera una autorización notarial para el tránsito internacional de menores. También les aconsejé abstenerse de consumir bebidas alcohólicas u otras drogas durante el trayecto, a fin de no desenfocarse de su objetivo. Pero sobre todo, les recomendé que se mantuvieran unidos y proteger junto con otros hombres jóvenes a las personas más vulnerables, principalmente niños, mujeres y personas de la tercera edad.

De pronto, un grupo de miembros de la “patrulla fronteriza” salvadoreña liderado por un funcionario “de sus máximas autoridades” nos interrumpió. Los agentes migratorios —que entre millones de migrantes irregulares en el corredor norteño es apodada como “la migra”— nos pidieron nuestros documentos. Fui el último al que inquirieron. Yo indiqué que no podía mostrarles mis documentos pues los había olvidado en casa. El funcionario de la patrulla fronteriza sugirió que me iban a detener y yo le indiqué que eso no iba a pasar. Ante mi determinación, un agente de la PNC me abordó amablemente y pidió platicar conmigo, a lo cual asentí. Le reiteré que había olvidado mis documentos en casa, y el agente me preguntó con afabilidad si le podía proporcionar mi nombre para indagar sobre mí en el sistema digital de datos de la PNC por medio de su teléfono celular, a lo cual también accedí.

El agente revisó mi nombre en la base de datos de la PNC y al cabo de cinco minutos me informó: “Señor, usted no tiene ninguna cuenta con la ley”. Luego me preguntó a qué me dedicaba. En pocos minutos ambos platicábamos sobre antropología, historia y literatura, le expliqué cómo los orígenes humanos se remontaban a las primeras y diferentes oleadas migratorias de nuestros ancestros en África hace casi dos millones de años, y que Nueva Zelandia fue el último gran territorio en ser poblado por los humanos hace unos 800 años. Como una fuente de lectura amena y aguda sobre estos temas le recomendé Sapiens y Homo Deus de Yuval Noah Harari.

De pronto, el jefe de la patrulla fronteriza interrumpió la conversación entre el agente de la PNC y yo, y me increpó nuevamente. El agente intercedió por mí diciendo que yo no me encontraba en la base de datos de la PNC como persona requerida por la ley. Esta explicación no le bastó al comisario de migración y volvió a inquirir por mi nombre en la base digital de datos de la INTERPOL. Una vez más, en menos de cinco minutos el sistema de computo de la INTERPOL indicó que no había ninguna orden de captura en contra mía, a lo que yo comenté sonriente: “Ya ve que yo no soy el Chacal”. Luego el funcionario me increpó que por qué yo, siendo ciudadano salvadoreño-canadiense no portaba mis documentos, a lo que volví a responder sonriente: “Tengo más de treinta años de andar feliz y orgullosamente indocumentado, salvo raras ocasiones que así me lo exigen, y esta no es una de ellas”. También pensé: Si en la época de la guerra tuve una confrontación física con un soldado armado del batallón “Atlacátl” por rehusarme a mostrarle mi cédula de identidad y por no reconocerlo como autoridad, ¿por qué en tiempos de paz habría dejarme intimidar por un funcionario menor que se comporta más como el comisario migratorio de un emperador vulgar, violador e ignorante, y que además, prepotente, desconoce el espíritu y contenido de la constitución política? 

A mi anterior comentario agregué que todos los salvadoreños tenemos libertad de libre movilización por el territorio nacional, a menos que una orden judicial específica dispusiera lo contrario (artículo 5 de la constitución), a lo que me respondió: “Es que los que se van en esta caravana sin documentos solo están haciendo un show”. Uno de sus asistentes, que cubría su rostro con una kufiya palestina, asentía. Esto me indignó mucho reprendí al funcionario: “Mire, yo no me estoy yendo en esta ni en ninguna otra caravana, solo estoy observando lo que ocurre para tomar notas; además, usted no debería ofender la dignidad de estos ciudadanos, pues aunque puedan desconocer algunas leyes, quienes escapan del país no hacen ningún “show”: escapan y arriesgan sus vidas porque aquí sienten desesperación económica o por la inseguridad”. El comisario migratorio me amenazó: “A usted lo deberíamos de detener por andar  instigando la caravana”. Esto último me pareció el colmo de la ignorancia e idiotez. “Disculpe, usted desconoce el concepto de instigación, y no voy a perder mi tiempo con usted” —contesté—. Mientras el funcionario balbuceaba algo me di media vuelta y rondé unos diez minutos más por la explanada. Antes de partir de el Salvador del Mundo el agente de la PNC y yo volvimos a encontrarnos e intercambiamos algunas palabras amables, abrazándonos al despedirnos.

Al cabo de una caminata de media hora por el Paseo Escalón y calles aledañas llegué a casa. Como siempre, mis perros me recibieron efusivos, saltando y besándome.

2. El hombre del bastón y una familia Ingalls salvadoreña

Son las 6.45 de la mañana. Me alisto con prisa para regresar al punto de convocatoria de donde partirá una nueva caravana hacia los Estados Unidos, y en menos de media hora me encuentro nuevamente en el Salvador del Mundo. 

Una vez más sondeo el ambiente del Salvador del Mundo. Ahora hay más grupos dispersos que anoche y poco a poco se suman otros. La mayoría son hombres y mujeres jóvenes que parecen estar entre los 20 y 30 —la edad más productiva en cualquier economía del mundo—, pero también algunos niños y madres solteras, y mujeres y hombres de mediana edad. A lo lejos observo una joven pareja con tenues chamarras que abrigan lo suficiente para protegerse de los vendavales salvadoreños pero no los de las estepas y desiertos de México, mucho menos los de los Estados Unidos. El padre, no mayor de 25 años lleva en brazos un niño en piyama, quien  tendrá apenas unos 2 años y medio. La madre, tampoco mayor de 25, amamanta su bebé. El padre hace una llamada desde su celular mientras coloca su chumpa sobre el niño, que bebe jugo de una pacha. Por alguna razón, esta joven pareja me recuerda los peregrinos del Mayflower, quienes fundaron la colonia de Plymouth en el siglo XVII y los pioneros que colonizaron el Viejo Oeste de los Estados Unidos en el siglo XIX.

Entre las conversaciones que logro escuchar, alguien menciona que la noche anterior “la migra” detuvo al “organizador”. Pienso: ¿Cómo supieron o podrían comprobar que él era el “organizador” de la caravana?, ¿irá a impedir su detención el surgimiento de un nuevo “Moisés” o la disuasión de la caravana?

Además de las personas que se preparan para partir en la caravana, también se han congregado decenas de representantes de diversas instituciones del Estado —CONNA, Procuraduría de los Derechos Humanos, PNC, Dirección General de Migración y Extranjería—, así como más de una decena de miembros de ACNUR, la Cruz Roja y la prensa. Tengo la impresión que todos ellos superaban en número a los migrantes.

Mientras observo los movimientos, me siento en una banca y empiezo a tomar notas sobre lo que observo y apuntes sobre mis impresiones la noche anterior aquí mismo. Un hombre de unos 45 años quien estaba sentado antes que yo en la mesita de la plaza inicia una conversación conmigo. Me pregunta si yo también me voy. Le respondo que no. “¿Es escritor?”, me pregunta. Asiento. Luego me cuenta que se va —él solo, enfatiza— porque la vida es muy cara aquí. Luego piensa enviarle dinero a su compañera de vida y un hijo pequeño, agrega. 

Ya casi son las 8, y de pronto los diversos grupos dispersos acuden a congregarse al pie del monumento del Salvador del Mundo. Mi último interlocutor y yo acudimos y nos distanciamos en medio de una multitud conformada por migrantes y periodistas que rodean a un hombre robusto de unos 60 años mayor que se apoya sobre un bastón. Es tan elocuente como el joven pastor evangélico evangelizaba a otros jóvenes la noche anterior. Explica brevemente los motivos de la caravana, e indica que “nadie está cobrando nada”, que “cada quien viene por su gusto”, que “menores de edad no podrán cruzar las fronteras sin el acompañamiento de sus padres o un permiso notarial de ellos”. Hace otras recomendaciones generales y prácticas en cuanto a alimentación, agua y mudadas, y luego procede a rezar un Padre Nuestro, a cuya oración se suma la mayoría de los presentes, incluso quienes no serán parte de la caravana. Agrega otra pasaje del Antiguo Testamento: “Porque tú eres mi lámpara, oh Jehová; y Jehová alumbra mis tinieblas”… De súbito se da media vuelta y procede a caminar en dirección a Los Chorros sobre la alameda Manuel Enrique Araujo, y decenas, entre integrantes de la caravana, miembros de las instituciones, la PNC, la Cruz Roja y periodistas, le seguimos. Yo también me he incorporado. Acompañaré la marcha, al menos un trecho.

Estoy acostumbrado a largas caminatas y sin dificultad alcanzo el paso de los hombres más jóvenes. A los 10 minutos, y con el fin de obtener mejores impresiones sobre quiénes integran la caravana, aligero y disminuyo mi paso en diferentes tramos y hago varios conteos de los migrantes, calculando entre 75 y 80 adultos y 5 niños, 2 de ellos los nenitos de la joven pareja que llamó mi atención en el Salvador del Mundo. Mientras avanzamos, le pregunto a la señora casi adolescente cuántos años tiene su bebé y me responde que 11 meses. La madre como el padre, quien carga el otro niño, son jóvenes afables, fuertes, de buena disposición y resueltos, una especie de familia Ingalls salvadoreña en el siglo XXI. Me pregunto cómo hará la joven madre para amamantar a su bebita en medio del estrés de las múltiples dificultades e insospechados peligros que irá a enfrentar la caravana, y por seguro hambre, sed, cansancio, calor y  heladas durante largas jornadas que impondrá esta aventura impulsada por un anhelo de supervivencia y la esperanza de una mejor vida en el Norte; una vida que no le puede procurar el Estado salvadoreño, muy a pesar de su “obligación” contractual según lo consigna el artículo 1 de nuestra constitución.

Aunque la mayoría de quienes integran la caravana son jóvenes menores de 30, también la integran algunas mujeres y hombres de mediana edad. Me llama la atención una mujer muy menuda de unos 40 años, quien viste una falda larga y unas zapatillas que me parecen de la Edad Media… ¿Cómo irá esta mujer aguantar las prolongadas caminatas con dichas zapatillas? —me pregunto. Sin embargo, su caminar es uno de los más resueltos y en ningún momento observo que disminuya el paso; mas ¿cuánto le irán a durar esas zapatillas? ¿Llevará en la bolsita que porta la ropa necesaria para enfrentar las inclemencias de los diversos climas que enfrentará en ruta hacia los Estados Unidos y otro par de zapatos para finalizar la travesía? El líder sesentón, robusto y con bastón, en cambio, tal como lo imaginaba al inicio, se ha quedado en la zaga aun antes de llegar a la Feria Internacional junto con la joven pareja y sus 2 infantes, quienes no se despegan de la cabeza rezagada del grupo. 

Miembros de ACNUR también acompañan la caravana. En general los agentes de la PNC cumplen una buena labor; habrá algunas excepciones. Los periodistas recopilan información de los integrantes más destacados, entre ellos el líder sesentón caminando con cayado y la joven pareja: “¿Por qué se van?”, “¿por qué lo arriesgan todo, aun con bebés en brazos?”, “¿están conscientes de todos los peligros a los que se enfrentarán?”, etc.…

Una periodista entrevista a otro hombre sesentón y robusto con apariencia de pequeño empresario, quien manifiesta que él no es integrante de esta caravana, sino que se ha “incorporado parte del trayecto para monitorear la situación e integrarse a una futura caravana junto con su familia”, ya que ellos son víctimas de desplazamiento interno producido por las pandillas y ninguna autoridad nacional o ACNUR ha atendido sus llamados de auxilio. (Una de las características que distingue a la inteligencia de los humanos de las de otros animales es que nosotros somos capaces de prever y prefigurar el futuro, por lo cual —además del juego, que entre niños y animales sirve como una herramienta de desarrollo y formación— los humanos, mientras nuestras capacidades físicas y psicológicas lo permiten, nos involucramos en repetidas ocasiones a través de nuestras vidas en prácticas de entrenamiento para alcanzar determinadas faenas u objetivos. Este sería el caso de un hombre de edad avanzada previendo una futura partida irregular de El Salvador). 

Antes que la caravana alcance la avenida La Revolución, observo sobre la alameda un cartel del Grupo Q que muestra tres muchachas “bien”, quienes se toman extasiadas una “selfie, disfrutando de  la seguridad que produce un bonito, nuevo y acogedor sedán Nissan, sensación que se confirma con la leyenda: “Sentí la emoción”. Esta consigna corrobora la existencia —no solo en una realidad cuántica— de varias repúblicas de El Salvador, como por seguro ocurre en el resto de naciones bajo el imperio de la hipermodernidad capitalista. Esta imagen me hace recordar el ensayo "Viaje a la hiperrealidad" de Umberto Eco en su La estrategia de la ilusión.

Un joven de unos 25 años —quizás un profesional recién graduado— transmite desde su celular una bitácora sobre la caravana. Mientras avanza informa desde su dispositivo que quienes la integran “huyen de la violencia de El Salvador” —cita las “rentas”, práctica del amedrentamiento contra familias enteras, violaciones y desapariciones por parte de los pandilleros— y de “la falta de oportunidades”; agrega que “$300 dólares mensuales como salario mínimo no bastan para suplir las necesidades de una persona, mucho menos una familia, en particular los trabajadores de la periferia del país, en particular los que por sus labores deben desplazarse diariamente al Gran San Salvador.

Pasamos por parque de los pericos y observo en la distancia unos perros jugando en uno de sus prados… No puedo dejar de pensar en lo mucho que me gusta aventurarme con mis perros en ese bosque. Ese pensamiento es interrumpido cuando observo un grupo de jóvenes que sube un montículo para orinar discretamente. Otro migrante le relata a una periodista que él ya fue deportado de una caravana reciente y este es segundo intento y que no se cansará de intentarlo cuantas veces lo sienta necesario. De súbito, un agente de la PNC me llama. Me aproximo a él tal como lo requiere. Pide mis documentos y le respondo lo mismo que he respondido la noche anterior —de una manera más discreta— a las autoridades salvadoreñas: “Olvidé mis documentos en casa”. El agente insinúa que me detendrá o registrará mi mochila (en la que solo porto una botella de agua, un par de libros, mi computadora y un cuaderno). Le indico que no tiene derecho a acosarme por andar indocumentado. El agente invoca el artículo 12 de la constitución, y yo le respondo que precisamente ese artículo y el artículo 5 de la constitución salvadoreña garantizan mi libertad de movimiento por territorio salvadoreño y contra el acoso de habitantes de El Salvador por parte de autoridades del Estado, que esa fue una de las conquistas de los acuerdos de paz. El agente responde que a él no le importa el artículo 5 de la constitución y yo le acoto: “Entonces a mí tampoco me importa el artículo 12, pero usted a mí no me iba a registrar ni detener sin un requerimiento judicial”. Apresuro mi paso hacia adelante dejando al agente atrás, y sin que éste se moleste en seguirme. No volteo a ver para atrás, solo imagino su expresión.

Unos diez minutos más tarde, mientras avanzo con la caravana un joven se aproxima y me interroga sobre el incidente con el policía. Me pregunta si el agente requisó mi DUI. Le respondo que no lo permití, que la constitución salvadoreña protege a los cuidados y habitantes del país contra ese tipo de acosos de parte del Estado, excepto en el caso de delincuentes, prófugos o sospechosos de algún acto criminal capturado en flagrancia. Me dijo que un agente de la PNC le había pedido su DUI, y que si bien no le requisó el documento tomó una fotografía de su identificación (supongo que con el propósito de que el Estado salvadoreño tenga un mejor registro de las personas migrantes, aunque éstas abandonen el país en caravanas). 

Luego interrogo al joven sobre los motivos por los cuales él integra la caravana. Me dice que es peluquero, y que junto a su esposa, también estilista, son dueños de su propio salón, pero que no cuentan con el suficiente financiamiento para mantener el negocio (¿Serán también víctimas de las “rentas” de las pandillas salvadoreñas —me pregunto). Me dice que él se va para intentar conseguir más fondos para el negocio mientras su esposa se queda administrándolo. Le pregunto si no podría solicitar algún crédito dentro del sistema financiero legal salvadoreño y me responde tajante y con una sonrisa: “Eso no es para nosotros”. Nos despedimos y apuro mi paso para hacer más observaciones. 

Antes de llegar a Los Chorros la caravana se ha dividido en dos grupos: la mujer de las zapatillas medievales, falda larga y una bolsita va adelante en el grupo de vanguardia; yo voy, apartado, en medio de los dos grupos, a una distancia de unos 500 metros de cada uno. Por momentos me detengo para escribir alguna impresión. Atrás avanzan mucho más lentamente el líder de la caravana y la joven pareja y sus dos nenitos. Observo hacia atrás de manera intermitente por si a los niños o los padres se les presenta alguna dificultad en lo que acompaño la caravana. Tengo la corazonada que a pesar de su lentitud el hombre robusto del bastón continúa siendo el líder, y que quienes se mantengan junto a él tendrán más posibilidades de cruzar con seguridad las fronteras —aunque mi intuición no es certeza—. De pronto, un autobús se detiene, y desde su interior varias personas me animan a que me suba, me indican que son la caravana. Les reconozco, son el grupo que avanzaba a la zaga. El motorista dice que nos llevará hasta el Poliedro. Me subo y varias personas me saludan entusiasmadas. Un joven me ofrece una bolsa de agua, pero yo me rehuso pues considero que no es justo quitarle ese recurso a otra persona que lo podría necesitar más, dado que integro realmente la caravana. El autobús avanza unos cinco minutos y se detiene nuevamente, y desde el interior varias personas animan a los que avanzan en el grupo de la vanguardia a que también aborden el vehículo. Desde la ventana observo que funcionarios de diversas instituciones siguen acompañando la caravana y que una ambulancia de la Cruz Roja reparte agua y atiende a una persona que quizás se ha desmayado debido a la insolación. 

Decenas abordan el autobús, y unos cinco minutos después éste avanza una vez más. Atrás unos jóvenes escuchan con volumen moderado canciones reguetoneras de moda y alguna melodía de pop hindi muy pegajosa. Esto último me hace reflexionar sobre la veloz transculturización de nuestros días. Los muchachos también hacen algunas guasas típicas de nuestra cultura y juventud, pero nada irrespetuoso u ofensivo, en congruencia con el comportamiento de todos los integrantes de la caravana hasta donde he podido observar. 

El autobús se detiene nuevamente a la altura de Lourdes, donde ahora abordan el autobús unas diez o quince personas más —cinco de ellas niños— que no identifico del punto de partida en El Salvador del Mundo, por lo que deduzco que este es un nuevo grupo que se integra a la caravana. El autobús se mantiene detenido unos diez minutos, quizás esperando a que lo aborden otros integrantes de la caravana. 

Diez minutos después que reinicia su marcha, el autobús se detiene a la altura de el Poliedro, donde todos nos bajamos. La mayoría de los migrantes hacen compras a los vendedores locales acampados a orilla de la calle. Compran refrescos, comida, y quizás golosinas para los niños. Al mismo tiempo, observo cierta confusión entre los migrantes en cuanto a qué ruta seguir. De pronto, la mayoría de migrantes cruza la calle hacia la ruta que conduce a la frontera de La Hachadura. Yo soy uno de los últimos en cruzar. El líder de la caravana, avanzando y apoyándose con su bastón se aproxima a mí y me comenta que él hubiera preferido la ruta de Las Chinamas, más corta, me dice, pero que la mayoría de los migrantes han preferido optar por la otra, quién sabe por qué. Es obvio que dentro de la caravana han surgido nuevos liderazgos.

Para mí este este es el final del recorrido. En San Salvador tengo algunos asuntos que atender. Sospecho que los próximos meses habrá más caravanas. Me despido del hombre del bastón y de un par de migrantes más, deseándoles lo mejor a todos en su recorrido, recomendándoles una vez más que los hombres protejan al grupo, pero sobre todo a las mujeres y los niños.

***

De regreso a casa una vez más, mis perros vuelven a saludarme con efusividad: saltan y me besan como lobos ancestrales… Ellos no sospechan aun que yo también soy uno de ellos —o quizás sí—. Y también vagabundo y navegante…

Postscriptum (los designios del emperador violador)

Desde hace más de 30 años emigran de El Salvador entre 100 y 200 personas. Tal flujo migratorio coincide con la instauración del modelo neoliberal en el país durante el primer gobierno de Arena, presidido por Alfredo Cristiani Burkard en 1989. Si bien las oleadas migratorias salvadoreñas hacia el exterior iniciaron como tales como resultado colateral de nuestra guerra civil, con más de un millón de refugiados políticos que escaparon hacia el exterior —Australia, Suecia, Italia, Francia, España, México, Canadá, pero principalmente los Estados Unidos—, éstas adquirieron una mayor dimensión al finalizar la guerra por la precarización económica y social producida por el modelo neoliberal impulsado en el país por el FMI y el Consenso de Washington desde 1989.

De acuerdo a informes del Banco Central de Reserva, El Salvador vio en 2018 el crecimiento de producto interno bruto (PIB) más alto de los últimos 5 años —2.6 %—, aproximadamente el promedio de crecimiento económico de la región centroamericana. Entiendo que el primer año de gobierno del presidente Bukele verá un índice de crecimiento similar al del último año del gobierno del presidente Sánchez Cerén. Con unos 2 millones y medio de salvadoreños en los Estados Unidos, quienes con la diáspora en su conjunto sostienen la economía nacional con un aporte aproximado del 18 % del PIB no creo que el flujo migratorio hacia el exterior, principalmente los Estados Unidos, vaya a disminuir dramáticamente los próximos 5 años. Adicionalmente, esta dinámica reproduce los ya fortísimos lazos intrafamiliares y transculturales entre los Estados Unidos y El Salvador, y por ende un muy arraigado “sueño estadounidense” en el imaginario nacional. No creo que ni 5 super muros fronterizos, ni 20 patrullas fronterizas, ni siquiera una hecatombe nuclear, pudieran quebrantar la “válvula de escape” de las poblaciones del Triángulo del Norte mientras que la injusticia social y precariedad que perpetúa el actual status quo socio-económico —el neoliberalismo— se mantenga.

Los Estados Unidos tiene sus origines coloniales en oleadas migratorias que escaparon de la precariedad política, económica y social en la Inglaterra del siglo XVII. El capitalismo estadounidense también tiene sus orígenes en diferentes oleadas migratorias entre los siglos XVIII y XIX, originadas en precariedades europeas de aquel entonces. Los migrantes centroamericanos no llegan a los Estados Unidos a “competir” contra una mano de obra más capacitada técnicamente, sino a cubrir vacíos del mercado laboral de ese país. Durante décadas los niños estadounidenses han crecido celebrando el heroísmo colonizador de Daniel Boone, la familia Ingalls, los Cartwright y los Cameron; sin embargo bajo la administración del presidente Trump los migrantes centroamericanos son estigmatizados como escoria de la humanidad. Los ancestros de Trump también fueron inmigrantes que escaparon de la pobreza y precariedad de Alemania y Escocia. El abuelo del presidente Trump, Frederick Trump, emigró ilegalmente del reino de Bavaria en 1886 a la edad de 16 años. Años después, este patriarca capitalista, Frederick Trump, amasaría una gran fortuna, y entre sus aventuras empresariales estuvo la trata de blancas.  

El presidente Trump no es ningún estadista, ideólogo o intelectual. Ni siquiera es un empresario que se destaque por su cultura general. Trump es un emperador canalla, racista, vulgar y violador, que utiliza su gestión presidencial para promover su ego y su marca corporativa, a fin de amasar una mayor fortuna mediante alianzas políticas y empresariales inescrupulosas. Entre las “joyas” expresivas que emanan de la carismática personalidad de Trump, éste ha caracterizado a los mexicanos como violadores y a los centroamericanos como animales; y ha vociferado que es capaz de dispararle a cualquiera en la 5ta Avenida de la ciudad de Nueva York o agredir sexualmente a cualquier mujer, sin temor a la justicia, solo por ser multimillonario, indicando que en su psicología personal y visión de mundo su poder económico justifica su ser canalla. He aquí que el presidente Donald Trump representa el epítome del capitalismo vulgar y bárbaro y la hipocresía del orden imperial mundial que caracteriza nuestro tiempo.

Con marcada rusticidad de la actual administración imperial —con Trump como instrumento visible y Steve Bannon, un ideólogo y estratega de derecha que se define a sí mismo como un leninista de derecha, tras bambalinas—, el actual gobierno de la casa blanca impulsa un nuevo orden mundial caracterizado por el caos, el ultra nacionalismo xenófobo, el oscurantismo y el anti intelectualismo. 

Este nuevo orden mundial niega los informes, conclusiones y recomendaciones de cientos de estudios científicos al rededor del mundo respecto al calentamiento global, un fenómeno que se debe a las emisiones de dióxido de carbono producidas por el ser humano, principalmente en las naciones industrializadas. Siguiendo estos lineamientos, los Estados Unidos se ha retirado del Acuerdo de Paris y no ha ratificado el Protocolo de Kioto, tratados cuyos objetivos son controlar el calentamiento global y mitigar sus efectos. Así, bajo el liderazgo político de Trump los Estados Unidos constituye hoy al mismo tiempo el imperio más poderoso, y el epítome de la ignorancia y la vulgaridad, que jamás haya existido.

El orden político del caos impulsado por Trump y orquestado por Bannon constituye una agenda imperial esquizofrénica que complica la crisis migratoria global y la agudizará a mediano y largo plazo. Dicha crisis se podría exacerbar  aun más los próximos 20 años por la convergencia del calentamiento global y una posible depresión económica mundial que se podría producir  por el desempleo de por lo menos un  20 % en los países desarrollados como resultado de la creciente automatización del capital constante en dichos estados, según lo pronostican diferentes estudios académicos, empresariales y de agencias gubernamentales norteamericanas y europeas. 

Dentro de este escenario de depresión económica y calentamiento globales, así como la continua precarización económica y social producto de la endémica injusticia social y el modelo neoliberal en las naciones del istmo haría de las próximas oleadas migratorias centroamericanas unas de las más visibles e invisibles a escala mundial. En realidad, esta es una crisis que nos ha estallado en la cara ya.

Condicionándolos a organizar “patrullas fronterizas” subsidiarias locales, la administración del presidente Donald Trump ha logrado hacer capitular a los gobiernos de México y el Triangulo Norte. El designio de este alineamiento y subordinación periférica es la imposición de una visión imperial racista y neo-segregacionista de Trump y los neoconsevadores estadounidenses en pleno siglo XXI. En el caso salvadoreño, esta misión subsidiaria resulta en la inoperancia del espíritu y contenido de los artículos 1, 5 y 12 de la constitución política de la república en el gobierno del presidente Bukele y su “patrulla fronteriza”. Otro tanto ocurre con los demás gobiernos de México y el Triángulo Norte.

Días después de casi iniciar una mini tercera guerra mundial para desviar la atención de un juicio político en su contra, en la vorágine del caos de su administración, y mientras de reitera sus lineamientos imperiales anticientíficos en Davos, el presidente Trump no tiene tiempo para felicitar al mandatario de una provincia periférica menor por haber capturado al “coyote organizador” de una caravana de unas cien personas o menos. No importa, para ello está su procónsul imperial, el embajador Ronald Johnson, quien condescendiente felicita en su cuenta de Twitter a los súbditos periféricos y subsidiarios del emperador por su “excelente trabajo”.

Ninguna persona es “ilegal” por ser migrante. Las 200 personas que emigran diariamente de El Salvador —de las cuales, quienes conforman las caravanas son tan solo una minoría visible— son refugiados del neoliberalismo, y tan solo siguen el instinto de la inteligencia grupal (una capacidad intuitiva-cognitiva en diferentes especies animales, incluyendo los seres humanos). Este tipo de inteligencia colectiva motivó a nuestros antepasados en diferentes momentos de la prehistoria y la historia a buscar mejores condiciones de vida. Esa lógica —cuyo propósito es que comunidades enteras, ya formadas o en formación, se protejan a sí mismas contra adversidades naturales, humanas, o aun producidas por los mismos estados— también motivó a los peregrinos del Mayflower y los pioneros del Viejo Oeste a colonizar Norte América.

Las migraciones son parte intrínseca de la naturaleza y la historia humana. Hace más de un millón de años, los Homo erectus, nuestros antepasados, empezaron a abandonar África debido a las presiones ecológicas producidas por cambios climáticos ocasionados por los ciclos geológicos naturales de aquel período. A través de milenios nuestros ancestros llevaron a cabo cientos de oleadas migratorias humanas hasta que hace unos ochocientos años los Homo sapiens sapiens terminamos de poblar todo el planeta, excepto la Antártida.

Hace unos días, al referirse a las caravanas, Celia Medrano la directora de CRISTOSAL, una organización de la iglesia episcopal en El Salvador, dijo acertadamente: 

“Estamos hablando de gobiernos que han vendido su alma al diablo y han puesto a nuestros migrantes con moneda de cambio para mantener una buena relación con Estados Unidos”.

Al finalizar este escrito, una nueva caravana, denominada la “caravana del diablo”, ha partido de Tegucigalpa con mayor silencio que las anteriores. Los organizadores de esta caravana la han denominado así porque tomará la ruta del denominado “tren de la muerte”. Los miles de ciudadanos que conforman esta “caravana del diablo”, y a la que se irán integrando más en su recorrido, son refugiados del neoliberalismo y del incumplimiento contractual de los estados del Triángulo Norte con sus habitantes y sus constituciones nacionales. Mientras tanto, en San Salvador, miles de trabajadores organizan una marcha contra un injusto sistema neoliberal de pensiones. En Nicaragua la comunidad indígena malanga llora el asesinato de 6 de sus miembros, la desaparición de otros 10, y la quema de al menos 15 viviendas en la reserva de biosfera de Bosawas en el municipio de Bonanza, a manos de colonos invasores, acción terrorista frente a la cual la dictadura de Ortega y Murillo solo exhiben la inoperancia constitucional y cinismo de su policía pretoriana.

Frente a las incongruencias de la esquizofrenia imperial y la sumisión, corrupción e ineficacia contractual de los estados periféricos centroamericanos, miles de sus ciudadanos en situación de precariedad, miseria y franca desesperación, mantienen una actitud desafiante y tenaz contra las políticas anti migratorias impuestas por Trump, y escapan de una región del sistema digestivo del Leviatán capitalista imperial a otra.