• Diario Digital | lunes, 21 de octubre de 2019
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Malos hijos de puta

 

Decía Napoleón Bonaparte que cuando se haga una tontería debe por lo menos dar un resultado. Una de las paradojas de las leyes de nuestros diputados es que la realidad e historia se empecina en dejarlos en evidencia de inútiles. (A ambos).

Tan gustosos nuestros políticos de echar mano de la Biblia para animar buenos ejemplos se hacen los desentendidos cuando también desde el texto sagrado se puede entusiasmar el odio, guerra, esclavitud y, desde luego matrimonios entre menores de edad y mayores como algo divino y normal como lo evidencia el caso de Rebeca e Isaac.

No seriamos justos al decir que casar menores de edad con mayores sea algo exclusivo de las sociedades judeo-cristianas que culturalmente nos gobierna hasta nuestros días. Mahoma que se caso con una «mujer» de siete años, Aisha, llegó a decir que tener una esposa menor era una bendición de Dios.

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Hacer desde esas cosmovisiones de proto-sociedades que nunca superaron el machismo, misoginia, patriarcado una interpretación extensiva que esas costumbres avalan que un violador pueda casarse con su víctima y de esta forma reparar el honor de la mujer mancillada y no responder aquel por una conducta que encierra distorsión de la personalidad de aquellos que ven en menores de edad un cuerpo propio para el deleite sexual es una convenenciera halada de pelos de la legislación salvadoreña que echa mano de la Biblia para legalizar perversiones heterosexuales y sin fundamento abominar a otros.

Oportuno es aclarar: el sexo entre mayores y menores de edad; sexo entre menores de edad; igual diferencias de edades en las relaciones entre mayores de edad, son tres cosas distintas.

Regresando a la ley. Estas distinciones, interpretaciones culturales, ignorancia criolla, la tan humana tendencia a torcer la ley no fueron consideradas cuando por iniciativa de cuatro políticos, el presidente de la república: Alfredo Cristiani, su ministro de justicia: René Hernández Valiente; los diputados Raúl Somoza Alfaro y Marcos Valladares Melgar la Asamblea Legislativa aprobó en 1993 el Código de Familia que en una retorcida y conservadora definición de familia autoriza a padres de una menor con un hijo o embarazada casarla con el padre de ese hijo.

Esta idílica situación: que dos impúberes alocados por las hormonas entran en la lógica del amor contrariado y se embarazan que era la pensada de aquellos diputados de la época no contempló que terminaría beneficiando a violadores de menores que por evadir la cárcel opten por el perdón presunto casándose con la víctima.

Igualmente los ingenuos (¿?) legisladores no previeron que estando en una posición económica privilegiada un pedófilo puede eludir las responsabilidades totales de su conducta.

Desde luego los jueces que la mayoría de veces aplican esta justicia a las descalzas no tienen más remedio que dejar que opere el inciso final del artículo 18 del Código que prácticamente ordena el matrimonio entre menores de edad y mayores (violadores).

Así nuestras niñas, las pobres en particular no solo se encuentran de facto expuestas a ser violadas o seducidas con la complicidad del sistema de justicia sino que alguien con el suficiente poder de todo tipo puede casarse con su víctima y al cabo de un tiempo divorciarse.

Ahora, si bien el artículo 19 establece causales para no casar a la menor, llama la atención que el caso de violación no esté dentro de esas causas siendo un violador además de un enfermo un criminal.

Igualmente que jamás se haya investigado y multado a nadie: padres, notarios o jueces que tengan como preferencia casar menores con su violador tal como estipula el artículo 20 en el mismo Código de Familia.

Corolario:

¿Imaginan la hija de alguien de la elite estar en la posición de casarse con su violador? Desde luego que no, esa ley solo es para miserables.

En el oriente del país muchos padres traen a sus hijas a trabajar a San Miguel de domésticas. Estas niñas que oscilan entre los 15 y 18 años muchas veces terminan siendo el desahogo sexual de los hijos y del padre de familia de la casa.

No solo es anti cristiana esta moderna forma de esclavitud que resulta muy mal pagada para quienes de eso viven y a la cual son muy dados los cristianísimos clasemedieros salvadoreños que muy pocas veces les pagan AFP o ISSS, sino que se hace con la complicidad de los perversos padres de la menor ya que llegan mensualmente a cobrar la paga de su hija para llevársela ellos, ya que la menor en la casa donde trabaja al menos tiene techo, comida y ropa usada segura y si tiene suerte un hijo del patrón.

Luego abundan casos de mujeres que dieron sus años, los mejores, todo a sus patrones, aquella que cuando ya vieja e inservible lo más piadoso que se les ocurrió hacer es irla a dejar a un asilo para no tener que ver en su buen morir.

Salarrué y Roque Dalton hicieron en distinto tiempo una buena metáfora antropológica de nosotros los salvadoreños. El primero nos llamó malos el segundo hijos de puta. E allí la respuesta al origen de nuestro enraizado mal.