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Que venga ahora Roque Dalton y le grite maricón a don Ricardo Lindo

Maricón había llamado la estupidez inglesa a Oscar Wilde. Maricón, la estupidez española a Federico García Lorca. Maricón, la estupidez francesa a Paul Verlaine. Maricón, la estupidez norteamericana a Walt Whitman. Maricón, la estupidez mexicana a Salvador Novo. Maricón, la estupidez colombiana a Porfirio Barba Jacob. Maricón, la estupidez cubana a Lezama Lima... Pero ya la estupidez griega había llamado Maricón a Sócrates y había condenado también a Safo de Lesbos.

Que venga ahora Roque Dalton y le grite maricón a don Ricardo Lindo

La inercia del pensamiento instituye sus mitos y congrega el aplauso borreguil. Esa inercia quiere que nuestros mejores poetas sean aquellos que hicieron de la veleidad política el centro de sus creaciones. Y la creación poética poco a poco fue devaluándose en fábrica de consignas más o menos ingeniosas. Los que optaron por ir contra la corriente de lo políticamente correcto y fundaron su canción en lo que sucede del pecho hacia adentro fueron marginados y, a menudo, también fueron blancos del vituperio.

Era la hora de señalar al malo que estaba frente a nosotros y de ignorar la maldad en nosotros mismos. Era la hora de la gran y única verdad social y no había espacio para las pequeñas verdades individuales y cotidianas. El héroe de nuestras imaginaciones debía morir con el pecho constelado a balazos, y nosotros debíamos ignorar que en ese pecho cabían las dudas, los temores y aquello que Carlos Martínez Rivas dio en llamar las insurrecciones solitarias.

Y el que se sumaba o fingía sumarse al coro de las denuncias era celebrado y encontraba un lugar en  las antologías. Aquellos que sabían que el más épico de los escenarios era el propio corazón, allí donde el diablo y dios se disputan el alma humana en la más cruenta de las batallas, aquellos fueron relegados: canarios tísicos fueron llamados. Pero la peor de las injurias era esta: maricón.

Maricón llamó Roque Dalton al poeta Allen Ginsberg. Maricón, había llamado la estupidez inglesa a Oscar Wilde. Maricón, la estupidez española a Federico García Lorca. Maricón, la estupidez francesa a Paul Verlaine. Maricón, la estupidez norteamericana a Walt Whitman. Maricón, la estupidez mexicana a Salvador Novo. Maricón, la estupidez colombiana a Porfirio Barba Jacob. Maricón, la estupidez cubana a Lezama Lima... Pero ya la estupidez griega había llamado Maricón a Sócrates y había condenado también a Safo de Lesbos.

Vaya legión de maricones ilustres, pensaría Constatín Cavafis con amargura, mientras labraba, como diamantes, los altos versos de amor a los más hermosos muchachos de las tabernas egipcias. La estupidez siempre fue masiva, cruel y vociferante. La injuria siempre fue su instrumento... Qué tiene de raro que nuestra estupidez le haya gritado maricón a Ricardo Lindo, el más alto y el más ignorado de nuestros poetas, sin duda.

Injurias. Así se titula uno de los libro de Ricardo Lindo. Ese libro nos delata. Quizá, mucho más que un libro, Injurias es un gesto de audacia y de coraje que a la pequeñez de nuestra poesía le es extraño. Ese gesto, traducido verso a verso en la valiente asumisión de la verdad personal, eleva a su autor a la compañía de aquellos grandes maestros que pagaron con soledad y desprecio su transparencia pero que, a la vuelta de los años, de los siglos, son las voces cimeras.

Que venga ahora Roque Dalton y le grite maricón a don Ricardo Lindo. Un mar de estúpidos le celebraría la ocurrencia seguramente secundando la injuria. Podrán multiplicar los improperios, pero no podrán negar en ningún caso que el poema está más allá del griterío político, en pleno corazón de la íntima verdad, que es la única posible. No podrán negar que, al asumirla, Ricardo Lindo parte en dos la historia de nuestra poesía, y la eleva a una cota difícilmente superable.

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