• Diario Digital | domingo, 14 de agosto de 2022
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Política - Segunda entrega

¿Qué era la izquierda?

SEGUNDA ENTREGA. Y ahí está en efecto el centro del debate entre la izquierda y la derecha: libertad absoluta del mercado o intervención reguladora del Estado en la economía.

Marat fue uno de los iconos de la Revolución Francesa.
Marat fue uno de los iconos de la Revolución Francesa.
¿Qué era la izquierda?

Hace poco más de 300 años, las sociedades estaban sometidas al poder absoluto de las monarquías. Frente a la corona, los pueblos carecían de derechos, y los individuos no podían optar libremente por las ideas políticas, filosóficas y religiosas que les parecieran convenientes. 

Era el Estado encarnado en el rey, el único soberano, dueño no solo de los bienes sino también de la vida de todos los súbditos.

En esas circunstancias, hacia la segunda mitad del siglo XVII, cuando el capitalismo comenzaba a abrirse paso como sistema económico, el filósofo inglés John Locke, heredero intelectual de dos grandes movimientos europeos progresistas, la Reforma y el Renacimiento, se preguntó cómo debía organizarse una sociedad para poder progresar en paz, libertad y justicia. 

Sus conclusiones fueron claras y precisas: la soberanía debe emanar del pueblo; la propiedad privada debe considerarse el derecho básico, y la misión principal del Estado debe consistir en la protección de ese derecho y de las libertades individuales de los ciudadanos; el gobierno no debe ser ejercido en términos absolutos sino equilibrado con la división de poderes en un sistema de pesos y contrapesos.

Así conformado, el Estado debe constituirse en un árbitro en las controversias entre los individuos, garantizando los derechos naturales y fundamentales de cada uno. Nadie debe estar por encima del imperio de la ley, y nadie debe ser obligado a cumplir lo que la ley no demanda. 

En materia de ideas políticas, filosóficas y religiosas, así como en el juego de la oferta y la demanda en el mercado, según Locke, el Estado no debe intervenir más allá de su condición de árbitro en los conflictos, y cada individuo debe tener plena libertad de opción en el marco de la ley.

Con esas ideas, enriquecidas por pensadores como Adam Smith, Montesquieu, Kant, Tockeville, Diderot, Rosseau y otros que conformarían en el siglo XVIII un tercer gran movimiento cultural europeo denominada La Ilustración o el Proyecto Ilustrado (en referencia al dominio de las luces de la razón por sobre la oscuridad de la ignorancia y las supersticiones), se dio carta de nacimiento al liberalismo, una corriente de pensamiento cuyo valor supremo es la libertad del individuo y el derecho de propiedad.

Ese fue el pensamiento que guió la lucha de la burguesía contra el poder absoluto. 

En 1787, luego de conquistada su independencia, los colonos ingleses de Norteamérica fundan los Estados Unidos sobre la base de una constitución regida por los principios del liberalismo. Dos años después, en 1789, estalla en Francia la revolución contra la corona y con el objetivo de establecer un régimen fundado en aquellos mismos principios liberales. 

Y así, no sin tropiezos, caídas y recaídas, comienza el sueño de libertad, el arduo camino que va de la larga noche medieval hacia la aurora de la modernidad y la democracia, fundamentos de lo que hoy conocemos como la Civilización Occidental. 

Heredera de las culturas greco-latinas, del cristianismo, la Reforma, el Renacimiento y La Ilustración, la Civilización Occidental se funda en valores universales: separación de poderes y constitucionalismo, imperio de la ley, derechos humanos, libertad, igualdad ante la ley, libre mercado y separación de la Iglesia y el Estado. En una palabra: democracia.

Contradictoriamente, todo ese proceso de surgimiento y desarrollo de las nuevas ideas en Occidente, se dio en paralelo a la expansión colonial europea en África, Asia y América, y tuvo dos excepciones en cuanto a la adhesión al ideal liberal: España y Portugal, dos reinos que se aferraron a la tradición medieval, rechazaron la modernidad democrática y optaron por prolongar el oscurantismo, imponiendo también ese retraso histórico a sus posesiones ultramarinas, ENTRE ELLAS América Latina.

Nace la izquierda

Pero los sueños pueden transformarse en pesadillas. En Francia, tres años después del triunfo de las nuevas ideas, una facción de revolucionarios radicalizados encabezados por Robespierre y que siempre se sentaban del lado izquierdo en la Asamblea Nacional, logró imponerse sobre el los liberales y desnaturalizó el objetivo de la lucha. 

Algunos expertos ilustran la tensión entre el bando liberal y los izquierdistas de Robespierre con un debate asambleario sumamente revelador y muy concreto sobre el precio del trigo. 

Ya el rey, antes de la revolución había intentado liberalizar los precios de ese alimento básico para los franceses, pero en cada intento había tenido que recular ante las revueltas populares de hambre que se producía. Y resulta que los liberales, alegando el principio de la absoluta libertad de comercio y de uso de la propiedad individual, decretan la liberalización del precio del trigo. Esa decisión ´provoca las previsibles revueltas populares, ante lo cual los liberales apelan a la militarización de la República mediante la Ley Marcial.

Entonces los izquierdistas dicen no. Robespierre razona en un famoso discurso que para que las libertades puedan ejercerse efectivamente se requiere de una serie de condiciones, la primera de las cuales es el derecho a existir. Si el ciudadano no puede acceder a un alimento básico, porque su precio se ha elevado por simple especulación comercial, no es realmente libre. Y en ese caso el poder público, el Estado, debe garantizarle constitucionalmente ese derecho, así tenga que intervenir y regular los precios.  

Y ahí está en efecto el centro del debate entre la izquierda y la derecha: libertad absoluta del mercado o intervención reguladora del Estado en la economía.

Luego de aquella victoria, los izquierdistas, alegando la defensa de las conquistas sociales de la revolución, implantaron desde el Estado el terror revolucionario como un método de control y sometimiento, primero de la oposición política, luego de toda la ciudadanía y finalmente de sus propios partidarios críticos o disidentes. 

Las cabezas comenzaron a rodar literalmente desde una guillotina que no se daba descanso, y que no cesó las decapitaciones en la plaza pública hasta que, finalmente, en 1794, el mismo Robespierre y sus compañeros fueron decapitados. La revolución, como el Saturno de la mitología, devoraba a sus propios hijos.

Pero en los Estados Unidos y en los países europeos que habían asumido las ideas liberales, alcanzando con ello y con la industrialización altos niveles de desarrollo económico, también se dio, en franca contradicción con la modernidad democrática, una grave distorsión de los principios, sobre todo por la tensión existente entre los imperativos de la libertad y los de la igualdad, que debían ser universales.

Por un lado, al interior de esos países, la opresión hacia las minorías raciales y el abuso por parte de los grandes propietarios hacia los trabajadores; por otro lado, en lo externo, el dominio y la expoliación colonial de los países de la periferia semifeudal africana, asiática y latinoamericana. 

Norte y sur. Centro y periferia. Desarrollo y riqueza para unos, atraso y pobreza para otros. La libertad del más fuerte se traducía en sometimiento del más débil. Pero toda división y toda injusticia generan resentimiento y rencor y conducen tarde o temprano a la guerra. 

La izquierda primitiva, a pesar de haberse ahogado brutalmente en su propia sangre y en la sangre de quienes decía defender, a pesar de todo, no había nacido muerta. Lo mejor y también lo peor para la izquierda, estaba por venir.

Próxima entrega: Marx, un diagnóstico genial y una receta imbécil.

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