• Diario Digital | domingo, 14 de agosto de 2022
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Política - Cómo y por qué se dispersó la derecha (segunda entrega)

“Al carajo d’Aubuisson y sus mariachis, ya llegamos los dueños de la fiesta”

SEGUNDA ENTREGA. En una Asamblea General, el expresidente Francisco Flores narró la anécdota de un padre de familia incapaz de aceptar que sus hijos no eran perfectos: “Al final se quedó solo ¿No será que nosotros, al igual que el protagonista de esa historia, estamos haciendo la familia más pequeña? ¿No será que cada vez que decimos: éste perdió, que se vaya, los que pierden somos nosotros? Unidad es tolerancia. Seamos tolerantes y tengamos un partido de brazos abiertos”, les dijo.

Mariachis en Guadalajara. Foto de referencia tomada de cuartoscuro.com/ Fernando Carranza.
Mariachis en Guadalajara. Foto de referencia tomada de cuartoscuro.com/ Fernando Carranza.
“Al carajo d’Aubuisson y sus mariachis, ya llegamos los dueños de la fiesta”

“La derecha es una mayoría dispersa bajo acoso de esa minoría organizada que es la izquierda”, le dijo el mayor Roberto d’Aubuisson a Orlando de Sola a principios de 1980. En efecto, el primer momento de dispersión de la derecha salvadoreña ocurrió en 1979, cuando el golpe de Estado terminó de quebrar la alianza entre la oligarquía, los militares y la iglesia católica.

Esa era la alianza que sustentaba el régimen autoritario desde 1932, y cuyo instrumento político, en el momento del golpe, era el Partido de Conciliación Nacional, PCN. Lo que Roberto d’Aubuisson se propuso y logró, primero desde la clandestinidad y luego de manera abierta, fue la reunificación de la derecha, pero el acierto estratégico consistió en que lo hizo de abajo arriba.

Me explico: en el reportaje “Una guerra sucia en nombre de la libertad”, publicado por Craig Pyes en el Albuquerque Journal en 1983, se dice lo siguiente: “La Agencia Nacional de Seguridad de El Salvador, ANSESAL, funcionaba como el cerebro de un enorme aparato de seguridad del Estado que se extendía a todos los pueblos y comunidades del país. Haciendo un cálculo conservador, puede decirse que uno de cada cincuenta salvadoreños era un informante de la agencia”.

Pyes estaba hablando en realidad de dos organismos paralelos, ANSESAL  y la Organización Democrática Nacionalista, ORDEN. La primera funcionaba de manera encubierta,  la segunda era legal y muchos afirman que en sus mejores tiempos llegó a tener hasta unos 700 mil afiliados.

El mayor d’Aubuisson había estados en los niveles de jefatura de ambos organismos, que fueron proscritos de inmediato por los golpistas de 1979. Para la izquierda en armas, los miembros de ORDEN se convirtieron en objetivo militar y, efectivamente muchos fueron asesinados. Pero, más allá de sus funciones de informantes, se trataba de una inmensa red de campesinos, pequeños y medianos  agricultores.

Esa fue la base que desde la clandestinidad reorganizó el mayor Roberto d’Aubuisson, en plena guerra, en todos los pueblos, cantones y caseríos de El Salvador. Ese fue el primer voto arenero, y es por eso que, de manera natural, el programa político original de ARENA representaba y defendía los intereses de ese vasto sector de la sociedad salvadoreña. A eso es que se refiere la noción de derecha popular.

Pero ya he contado, en la entrega anterior, que fue el mismo Roberto d’Aubuisson el que, en una decisión típicamente pragmática ante el total veto estadounidense a su persona, dio un paso a un costado y colocó a un representante del gran capital, Alfredo Cristiani, en la jefatura de ARENA y en la candidatura presidencial de ese partido.

De modo igualmente natural, los intereses que ARENA pasó a representar y a defender de manera gradual, y casi en la misma medida en que el liderazgo efectivo del mayor d’Aubuisson menguaba debido a su enfermedad terminal, ya no fueron los de los pequeños y medianos agricultores sino los de las pocas pero poderosas familias oligárquicas.

El neoliberalismo no es un cuento chino

Una de las razones principales por las que la revolución proletaria no triunfó en los países industrialmente más avanzados, como Marx había dicho que sucedería de modo inevitable, fue que los liberales occidentales, en USA desde 1930 y en Europa desde 1945, fueron capaces de trascender el capitalismo bárbaro denunciado por Marx, y conferirle al sistema un rostro amable mediante el modelo keynesiano, que se tradujo en el famoso Estado del Bienestar.

Pero esa formidable luna de miel entre el capital y el trabajo comenzó a resquebrajarse hacia 1970. Los teóricos más radicales del liberalismo, adversarios de Keynes y partidarios de Hayek, enfrentados al problema de las grandes movilizaciones de reivindicación social en las principales ciudades del mundo capitalista, diagnosticaron que el problema no era de legitimidad de los gobiernos, como sostenían los manifestantes, sino de gobernabilidad. Es decir, que las demandas de los ciudadanos habían desbordado la capacidad de los gobiernos y los Estados para satisfacerlas.

O sea, el problema era que la gente se había vuelto ingobernable y exigía más allá de lo posible. El problema, dictaminaron, es que había un exceso de democracia. Para estos nuevos liberales hijos de Hayek, si entendemos que los viejos liberales eran los keynesiasianos, el enemigo a batir pasó a ser el Estado de Bienestar. No más subsidios estatales a los pobres, no más concesiones a los trabajadores en los contratos y en la legislación laboral. Que cada quién responda por sí mismo y que solo se salve aquél que pueda pagar.

En suma, muera el Estado y viva el mercado. Y el primer laboratorio del neoliberalismo irrestricto, con presencia directa de Hayek y sus discípulos de la Universidad de Chicago, conocidos como los Chicago boys, se instaló a partir de 1973 en Chile, bajo la dictadura de Pinochet. Luego, a principios de los 80, Margaret Thatcher y Ronald Reagan comenzarían su cruzada mundial por el neoliberalismo, propalando que no existía alternativa.

Hacia 1984, un joven multimillonario salvadoreño llamado Roberto Murray Meza, de la mano de la USAID, daba los primeros pasos en la construcción de un proyecto llamado Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social, FUSADES, para lo cual envió a varios de sus colaboradores, economistas, a aprender de la experiencia chilena. Y aprendieron mucho. Tanto que, cinco años más tarde fueron esos economistas de FUSADES quienes diseñaron e implementaron el programa económico del primer gobierno arenero, encabezado por Alfredo Cristiani.

El cambio de proyecto

En un largo reportaje sobre la vida y la obra del mayor Roberto d’Aubuisson, que publiqué en 2005 en La Prensa Gráfica, consigné que Fernando Sagrera, un muy cercano colaborador del fundador y máximo líder de ARENA, me contó que, para celebrar la llegada al poder de Alfredo Cristiani, algunos de los hombres más ricos de este país se reunieron en una mansión de la colonia San Benito, y uno de ellos al calor de las copas dijo en voz alta y a manera de brindis, “Al carajo d’Aubuisson y sus mariachis, ya llegamos los dueños de la fiesta”.

En todo caso, lo verificable es que el programa neoliberal de Alfredo Cristiani no tenía mucho que ver con el programa político concebido por Roberto d’Aubuisson para el partido ARENA.

La supresión del rol subsidiario del Estado, las privatizaciones, la desregulación de la economía, la quita de impuestos a las mayores fortunas, y en general toda la orientación de la economía, favoreció a los grandes capitales en detrimento directo de las grandes mayorías populares.

Lo primero que privatizó fue la banca. En un proceso poco transparente, saneó con fondos públicos las precarias finanzas de los bancos, y luego los vendió a precios de ganga a unos cuantos inversionistas particulares. Pero estos no los pagaron con su dinero, sino con préstamos proporcionados por el mismo Estado, y después pagaron esos préstamos con las utilidades producidas por los bancos. Posteriormente esos inversionistas los revendieron a consorcios transnacionales, por más de 4 mil millones de dólares, sin pagar al Estado salvadoreño ni un solo centavo en calidad de impuestos.

En otras palabras, todas las pérdidas se cargaron al Estado y todas las ganancias se transfirieron a los privados. 

El segundo gobierno arenero, encabezado por Armando Calderón Sol siguió la misma tónica, dando nuevos pasos en la ruta neoliberal. Entre sus planes contemplaba la privatización de la telefonía, de los fondos de pensiones y, parcialmente, del sector eléctrico, todo lo cual se llevó efectivamente a cabo. Y así llegó el tercer gobierno de ARENA, a cargo de Francisco Flores.

Flores radicalizó aún más el enfoque neoliberal. No solo pretendía privatizar Correos, el sistema penitenciario, los puertos marítimos y el aeropuerto, sino también rubros mucho más sensibles como el transporte público, la salud, la educación, el agua y la geotermia nacional. Pero el nivel de paciencia popular ya estaba al límite, y la protesta por las privatizaciones y los abusos se volvieron constantes, crecientes y cada día más beligerantes, al grado incluso de detener varios de los principales proyectos de Flores.

Y en medio de ese proceso es que se dio el episodio del COENA oligarca y del naufragio electoral de 2003, que ya he relatado en la entrega anterior de este reportaje. Al centro de aquella crisis tuvo lugar una asamblea general del partido. Tradicionalmente las autoridades del COENA habían sido elegidas en reuniones a puerta cerrada. Pero en esa ocasión se creyó necesario buscar un método más abierto y participativo, en el que jugarían un papel de primera importancia las catorce directivas departamentales y los sectores del partido.

Aquella asamblea, con más de dos mil representantes de todo el país y todos los sectores, fue particularmente tensa y emotiva. Ahí se encontraron frente a frente quienes en las últimas semanas se habían lanzado mutuamente toda suerte de reclamos. En su discurso, el presidente Francisco Flores dijo lo siguiente:

“En los últimos tres años, las autoridades del COENA han sido cambiadas cinco veces. En los últimos tres años, ARENA ha enfrentado igual número de procesos electorales que le han dejado resultados poco alentadores. En los últimos tres años, se desató una fuga de areneros que, resentidos por no ser tomados en cuenta y molestos por no sentirse representados, se refugiaron en otros partidos o se abocaron a ejercer cargos privados.”

Luego narró la anécdota de un padre de familia incapaz de aceptar que sus hijos no eran perfectos: “Al final se quedó solo ¿No será que nosotros, al igual que el protagonista de esa historia, estamos haciendo la familia más pequeña? ¿No será que cada vez que decimos: éste perdió, que se vaya, los que pierden somos nosotros? Unidad es tolerancia. Seamos tolerantes y tengamos un partido de brazos abiertos”.

Francisco Flores podías ser cualquier cosa pero no un tonto. Sin embargo, en ese balance se equivocó. El problema no tenía que ver con la intolerancia. El problema de ARENA tampoco se soluciona con recambios de autoridades partidarias y de estatutos. La crisis en ARENA fue, es y seguirá siendo irresoluble si sus dirigentes siguen ignorando que la vigencia o la obsolescencia de ese parido depende de la regeneración o del agotamiento de su programa político, mismo que en última instancia, debe responder a una sola pregunta: ¿los intereses de quien representa y defiende ARENA?

De cualquier modo, en aquel momento, aprovechando la crisis arenera, el FMLN postuló como candidato presidencial a su líder histórico más emblemático, Schafik Handal, que en aquél río revuelto de la derecha parecía tener prácticamente asegurada la victoria. Y sin embargo, para sorpresa de todos, ARENA se recompuso y volvió a ganar la presidencia.

Alguien podría decir que esa victoria invalida lo fundamental de mis afirmaciones, pero no es así. Más allá de los liderazgos personales en juego, Schafik Handal y Tony Saca, la explicación de esa victoria y el desenlace del gobierno saquista, último del ciclo arenero, resulta clave para entender el verdadero fondo del dilema arenero. Pero eso lo veremos en detalle en las próximas entregas.

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