• Diario Digital | domingo, 14 de agosto de 2022
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Política - Reportaje especial (Tercera entrega)

Marx, un diagnóstico genial y una receta imbécil

La izquierda radical resurgió con más vigor cuando, a mediados del siglo XIX, el filósofo alemán Karl Marx, al hacer la crítica del sistema capitalista, creyó haber descubierto científicamente las leyes que rigen el desarrollo histórico y social. 

Karl Marx
Marx, un diagnóstico genial y una receta imbécil

En las revoluciones del siglo XVIII de los Estados Unidos y Francia, concreciones del Proyecto Ilustrado, se comenzó a perfilar la democracia pluralista, que la politóloga Chantal Mouffe define como “ la articulación de dos tradiciones: la liberal de los derechos civiles y las libertades individuales, más de derecha, y la de soberanía popular e igualdad, más de izquierda”. 

Pero, como ya he señalado, aquella primitiva izquierda francesa colapsó en su propia y sanguinaria degollina perpetrada por el llamado “terror revolucionario”.

Sin embargo, lejos de ser superadas o siquiera atenuadas, las ya señaladas limitaciones de las democracias liberales de Europa y los Estados Unidos se agudizaron, exacerbando la división y los conflictos entre la clase propietaria y la clase trabajadora, y entre los países desarrollados y los subdesarrollados.

En esa situación, la izquierda radical resurgió con más vigor cuando, a mediados del siglo XIX, el filósofo alemán Karl Marx, al hacer la crítica del sistema capitalista, creyó haber descubierto científicamente las leyes que rigen el desarrollo histórico y social. 

La historia, según Marx, marcha en una dirección única, ascendente e inevitable: del esclavismo primitivo al feudalismo, luego a la democracia burguesa y, llegada este punto la historia, habiendo tenido como motor la lucha violenta entre las clases oprimidas y las opresoras, la clase obrera se alzaría contra la burguesía, y sería la clase destinada a dirigir y consumar la total y definitiva emancipación humana, que se concretaría en el paso final del socialismo al comunismo.

En contra de los principios fundadores de la modernidad democrática Occidental, el marxismo proclamó la abolición de la propiedad privada y consideró imprescindible, en tanto fase de transición del capitalismo al comunismo, la imposición de una dictadura del proletariado. 

Según la teoría marxista, las contradicciones del sistema capitalista, por ejemplo la oposición entre la propiedad privada y el carácter necesariamente colectivo de la producción industrial, eran irresolubles. En esa lógica, el mismo desarrollo del capitalismo, al propiciar la concentración de la propiedad de los medios de producción en pocas manos y, al mismo tiempo, el crecimiento del contingente obrero desposeído, generaría de manera inevitable la crisis que haría estallar la revolución proletaria.

Esa misma lógica implicaba que dicha revolución solo podía ocurrir al interior del sistema capitalista, es decir dentro los países industrialmente avanzados (principalmente Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos). 

Pero Marx se equivocó totalmente en su predicción. La revolución izquierdista estalló y triunfó ciertamente, en 1917, pero no en los países industrialmente avanzados, sino en una región más bien agraria y semifeudal: Rusia y los países vecinos que fueron anexados para conformar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS.

Marx también se equivocó en su predicción de que sería el proletariado, como clase, quien dirigiría y consumaría la revolución. La experiencia soviética, y su posterior réplica en otros países de la periferia igualmente atrasados, agrarios y semifuedales, revelaron la existencia de un patrón común degenerativo que ya ha sido enunciado muchas veces: 
La clase proletaria, destinada por las supuestas leyes del desarrollo histórico y social descubiertas por Marx, es la dirigente del movimiento ascendente e inevitable hacia el socialismo y el comunismo, pero el proletariado entrega la dirección de ese movimiento a un partido de revolucionarios profesionales que, a su vez, es dirigido por un comité central que, a su vez, está supeditado a un secretario general que se erige en caudillo y comandante en jefe, siempre “valeroso y sabio”.

Y este jefe absoluto e incuestionable, dictador al fin, no es nunca un proletario salido de la fábrica, sino un intelectual universitario que puede llamarse Lenin, Mao o Pol Pot, Kim Il Sung o Fidel Castro o Ernesto Guevara. 
 
Marx creía que su teoría superaba al capitalismo porque, al sustituir la propiedad privada por la propiedad colectiva, eliminaba la oposición entre libertad e igualdad y daba paso a la justicia social. Pero, en la práctica, el llamado socialismo real degeneró en regímenes dictatoriales y totalitarios que en definitiva terminaron suprimiendo tanto la libertad como la igualdad.

Ciertamente el capitalismo que Marx rechazó en el siglo XIX era cruel y salvaje en cuanto al trato general dado a los trabajadores. En ese punto su análisis y diagnóstico sobre ese sistema fue genial. Pero un marxista heterodoxo contemporáneo como el filósofo español Carlos Fernández Liria, señala el que quizá fue el principal error de Marx en su siglo y de la tradición marxista en el siglo XX: haber despreciado e ignorado las conquistas del Proyecto Ilustrado, con el pobre argumento de que se trataba de un pensamiento burgués.  

Dice Fernández Liria: 

“La Ilustración tenía claro que el programa político consiste en la defensa de una meta irrenunciable. Según Kant, por ejemplo, esa meta irrenunciable de toda empresa política es un República en la que quienes obedecen la ley sean al mismo tiempo colegisladores. Y esto es lo que conocemos como orden constitucional en Estado de derecho. Se trata de un sistema muy complejo, muy bien pensado, de pesos y contrapesos legales materialmente expresados en instituciones que garantizan el imperio de la ley”.    

Y agrega este filósofo:

“¿Es posible oponerse a esta idea llevando la contraria a Kant, Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Jefferson y todos los padres fundadores de la Constitución de los Estados Unido? Efectivamente, el marxismo lo hizo. El marxismo planteó que el orden constitucional en Estado de derecho expresaba la ideología burguesa, misma que había que superar al mismo tiempo que se superaba el capitalismo. Pero el programa político que el marxismo propone como alternativa es una especie de hombre nuevo que estaba por encima de la ley y del derecho, y que cada vez que se ha puesto en práctica ha terminado en el horror dictatorial y no pocas veces genocida”. 

Según Fernández Liria, ese hombre nuevo buscado por el marxismo ya existía en el Proyecto Ilustrado: era el ciudadano con derechos constitucionales civiles, políticos y sociales.

Lo que Marx descubrió”, concluye Fernández Liria, “es que bajo condiciones capitalistas el Proyecto Ilustrado funciona tan mal que el sistema parlamentario se convierte en la dictadura de los poderes fácticos, particularmente del poder financieros. Y eso es verdad, pero de ahí no se tiene que concluir que el enemigo es el orden parlamentario, el enemigo son esos poderes. Entonces, lo que hay que hacer es liberar el orden parlamentario de esos poderes”.

En todo caso, la receta marxista, llevada al plano de la realidad por Lenin, terminó en el los regímenes totalitarios y genocidas que ya conocimos. Pero en el ínterin, una parte importante de la derecha mundial se alzó contra la democracia liberal y se volvió fascista, totalitaria y también genocida.

Próxima entrega: El resistible ascenso de una derecha criminal.

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