• Diario Digital | Lunes, 05 de Diciembre de 2016
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Política - REPORTAJE ESPECIAL (QUINTA ENTREGA)

Una breve luna de miel entre el capital y el trabajo

Los primeros 14 años del siglo XX, en Occidente, fueron una prolongación de las dinámicas sociales, políticas y económicas desatadas en el siglo anterior: de un lado el avance del sistema capitalista, asociado a los valores liberales; del otro lado el fortalecimiento de los movimientos y partidos obreros y socialistas. 

John Maynard Keynes y Friedrich Hayek evocan los polos opuestos del pensamiento sobre la elaboración de la política económica.
John Maynard Keynes y Friedrich Hayek evocan los polos opuestos del pensamiento sobre la elaboración de la política económica.
Una breve luna de miel entre el capital y el trabajo

Según la teoría marxista, el mismo desarrollo del capitalismo, al propiciar la concentración de la propiedad de los medos de producción en pocas manos y, al mismo tiempo, el crecimiento del contingente obrero, generaría de manera inevitable la crisis que haría estallar la revolución proletaria. En consecuencia, dicha revolución solo era posible dentro de los países industrialmente avanzados.

Pero si eso era así, también podía entenderse que el socialismo es una consecuencia del desarrollo y no un método para alcanzar el desarrollo. Este aparentemente pequeño matiz tendría una gran importancia en el debate interno de la izquierda.

En 1864, solo 16 años después de haberse publicado el Manifiesto Comunista, bajo el lema de “proletarios de todos los países, uníos, pues no tenéis nada que perder excepto las cadenas”, se fundaba la organización internacional obrera, en cuyas filas se agrupaban anarquistas y comunistas dispuestos a combatir y suprimir al capitalismo. Pero si las insuficiencias y las deficiencias de la democracia liberal eran evidentes, también lo eran sus aspectos positivos y sus posibilidades de perfeccionamiento. 

De hecho, al interior de la Internacional de los trabajadores, y a contrapelo de los principales postulados marxistas, a finales del siglo XIX se fue desarrollando una corriente de pensamiento, denominada socialdemocracia, que no proclamaba la liquidación del sistema capitalista mediante la violencia revolucionaria, sino que proponía la reforma gradual y pacífica del mismo sistema. Ese dilema entre reforma o revolución marcaría a la izquierda mundial a los largo del siglo XX. 
 
El objetivo de los socialdemócratas era una especie de humanización del capitalismo mediante la lucha reivindicativa y política llevada a cabo por los obreros con sus sindicatos y sus partidos.

El filósofo Eduard Berstein, unos de los principales ideólogos de la socialdemocracia, planteó que Marx se había equivocado en su tesis sobre la acumulación del capital, ya que esta no había empobrecido a la sociedad y a los trabajadores, sino que se había ampliado por medio de la generalización de las empresas de capital social. 

En consecuencia, según Berstein, la sociedad entera había mejorado sus condiciones de vida, mientras que la ampliación de la democracia, y los beneficios sindicales que esa extensión hacía posible, significaba que el proletariado tendría cada vez más derechos que defender y menos razones para insurreccionarse.

En suma, Berstein sostenía que la metodología revolucionaria propuesta por Marx en el Manifiesto Comunista de 1848 era ya obsoleta, dado que la democracia capitalista había evolucionado y podía mejorarse aún más. La socialdemocracia era, pues, la corriente moderada del movimiento obrero y socialista, y en adelante ganaría muchos adeptos, sobre todo en los países europeos. 

Con ese debate en la izquierda se llegó al siglo XX, cuyos primeros 14 años, en Occidente, fue una prolongación de las dinámicas sociales, políticas y económicas desatadas en el siglo anterior: de un lado el avance del sistema capitalista, asociado a los valores liberales; del otro lado el fortalecimiento de los movimientos y partidos obreros y socialistas. 

Pero estos últimos se habían integrado al sistema por cuanto luchaban y competían, política y electoralmente, bajo las reglas de juego de ese mismo sistema, y habían llegado a conquistar importantes niveles de representación parlamentaria. 

Eric Hobsbawm, en su libro Historia del siglo XX, señala lo siguiente al respecto:

“Los valores liberales implicaban el rechazo de la dictadura y y del autoritarismo, el respeto del sistema constitucional con gobiernos libremente elegidos y asambleas representativas que garantizaban el imperio de la ley, y un conjunto de derechos y libertades de los ciudadanos como las libertades de expresión, opinión y reunión”. 

Y en relación a los trabajadores y el socialismo, apuntaba:

“El movimiento obrero y socialista defendía,  tanto en la teoría como en la práctica, los valores de la razón, de la ciencia, el progreso, la educación y la libertad individual. La medalla conmemorativa del primero de mayo del partido socialdemócrata alemán exhibía en una cara de la esfera la efigie de Karl Marx y en otra la estatua de la libertad. Lo que rechazaban era el sistema económico, no el gobierno constitucional ni los principios de convivencia”.

Pero debido a las contradicciones imperialistas a nivel internacional se produjo la primera guerra mundial, 1914-1918, y en el ínterin, 1917, se produjo la revolución rusa conducida por Lenin. La democracia liberal comenzó a retroceder y, como ya se ha señalado en las entregas anteriores, una buena parte de la derecha giró hacia el fascismo radicalmente antidemocrático y antiliberal, provocando la segunda guerra mundial, 1939-1945.  

Derrotado el fascismo en esta última guerra, excepto en España, donde Franco siguió gobernando hasta su muerte en 1975, el antifascismo europeo triunfante creó un nuevo constitucionalismo, orientado a blindar desde las Carta Magna no solo los derechos civiles y políticos de los ciudadanos en general, sino también los derechos sociales de los trabajadores. 

Con ello se dio paso al denominado Estado Social o de Bienestar que, al  igual que el welfare estadounidense, vigente desde los años 30, garantizaba el pleno empleo, la erradicación de la pobreza mediante el ascenso de los trabajadores a la clase media (mejora sustantiva y generalizada de los salarios y las condiciones laborales).  
  
Los arquitectos de ese proyecto eran liberales, y uno de sus principales cerebros era el economista británico John Maynard Keynes. Pero no todos los liberales estaban de acuerdo con esa idea. El problema consistía en que ese proyecto requería que el Estado abandonara su misión de simple árbitro de los conflictos entre particulares, y pasara a intervenir directamente en la economía, regulándola y redistribuyendo la renta, desmercantilizando áreas tan vitales como la educación, la salud y las pensiones, por ejemplo.  

Pero todo eso suponía una violación al sagrado principio liberal del libre mercado. Y en este punto recuérdese que prácticamente el mismo debate se había dado entre los liberales franceses que protagonizaron la revolución de 1789.

El impulsor más destacado de esa postura adversa era el economista vienés Friedrich von Hayek, quien ya desde los años 30 planteaba que, para el liberalismo, que había derrotado al poder absoluto de la corona, el nuevo enemigo era el Estado de bienestar. Pero los liberales que pensaban como Hayeck, en aquél momento, eran una minoría y eran ya, con o sin acta formal de bautismo, los neoliberales. 

Aquella suerte de edad dorada para la democracia occidental, que supuso la luna de miel entre el capital y el trabajo, comenzó a mediados de las años 40 y no duraría más de 30 años. Hayeck finalmente se saldría con la suya, tomado de la mano nada de menos que del dictador chileno Augusto Pinochet, para quien diseñó el famoso y primer “milagro económico” neoliberal. 

Próxima entrega: Triunfo neoliberal y derrota histórica de la izquierda.

 

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